La Carpintería y la Ebanistería moldaeron el alma del Siglo XX en Hato Mayor

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Por Manuel Antonio Vega

Existe un pacto silencioso y ancestral entre el ser humano y la materia vegetal. El filósofo francés Gaston Bachelard afirmaba que la madera es un elemento que guarda el calor de la tierra, una sustancia que acoge los sueños de resguardo y permanencia. La historia de la carpintería y la ebanistería no es simplemente la crónica de una técnica artesanal; es el reflejo vivo de la evolución social, psíquica y cultural de la humanidad.
En este entramado de fibras y nudos, el ebanista emerge como un filósofo de las formas: no es solo un operario, sino un carpintero de muebles y trabajos finos.

La ebanistería se presenta así como una derivación noble de la carpintería, o mejor dicho, como una ampliación estética de la necesidad humana de habitar el espacio con belleza.

Mientras la carpintería dota al hombre de estructura y esqueleto para protegerse del desamparo del entorno, la ebanistería otorga al hogar una fisonomía íntima, una psicología objetivada en sillerías y gavetas.

El arte de moldear la madera se remonta a la noche de los tiempos, a los primeros mitos de la creación donde el gran hacedor suele ser un arquitecto o un tallador.

Sin embargo, a la geografía de la isla Hispaniola este arte occidental desembarca con el genovés Cristóbal Colón, a quien la historiografía tradicional le atribuye haber descubierto la Isla el 12 de octubre de 1492.

Antes de ese quiebre temporal y geopolítico, la relación con el bosque era de una comunión mística y utilitaria. Los pobladores originarios de Quisqueya, nuestros aborígenes, habitaban un tiempo cíclico y orgánico.

Utilizaban bejucos para atar palos en la construcción de chozas y bohíos que techaban con canas y otros tipos de hojas.

Aquellas estructuras no buscaban desafiar la eternidad; se doblegaban con humilde sabiduría ante las inclemencias del tiempo, entendiéndose a sí mismas como parte del paisaje, efímeras y biodegradables como la naturaleza misma.

La mutación hacia la permanencia, hacia la fijación de la huella humana en la topografía mediante la madera escuadrada, comenzó a gestarse más tarde en los campos de la región oriental.

Se presume con fuerte base histórica que la carpintería rústica y fundacional llegó formalmente a Hato Mayor con el Alférez Real Don Antonio de Coca y Landeche. Este heredero del Mayorazgo de Dávila, fundado en el lejano año de 1520, erigió una modesta ermita en el cuadrante exacto donde hoy late el corazón de la ciudad.

Con la llegada de los colonizadores y la posterior instauración del hato ganadero, la madera comenzó a ser dominada por el hacha y la cuña.

Se continuó construyendo caseríos para los esclavos, dando origen a una aldea primitiva que fue conocida desde sus albores coloniales con el nombre de Hato Mayor del Rey, un hecho documentado con precisión por el historiador Tolentino Rojas en su fundamental obra “Visión Territorial” (Pág. 387).

La madera como testigo del devenir histórico

Martin Heidegger expresaba en sus meditaciones sobre el habitar que el hombre solo es en la medida en que construye. Construir es cuidar, cultivar y dar forma al espacio donde se desenvuelve la existencia.

En Hato Mayor, el paso de la comunidad pastoril a la civilización urbana se midió en pies de madera.

Se estima que cuando el pueblo fue erigido común por segunda vez, el 13 de octubre de 1848, la fisonomía del paisaje ya había cambiado: en esta naciente ciudad se levantaban airosas varias casas construidas de madera noble, desafiando el barro y la paja.

La madera también absorbió las tensiones políticas de la soberanía dominicana. Durante el traumático proceso de la Anexión a España, se modificó drásticamente el estatuto jurídico de la común.
El 24 de agosto de 1861, Hato Mayor pasó a ser jurídicamente una Comandancia de Armas. En ese escenario militarizado servía como coronel jefe el oficial Valentín Mejía, quien según los datos recopilados por la memoria oral e historiográfica, ordenó y llegó a construir varias viviendas de madera para alojar dignamente a sus subalternos.

La madera se convertía así en cuartel, en frontera y en declaración de orden.

Para domesticar el tronco indómito, el ingenio humano tuvo que recurrir a los elementos más primordiales del universo. En las eras más remotas de la carpintería local, se llegó a usar el fuego controlado para trozar o quebrar la resistencia de los árboles maderables.

Posteriormente, la evolución técnica trajo consigo las hachas rudimentarias fabricadas primeramente de piedra tallada y, con el advenimiento del comercio y la modernidad, de hierro forjado.

Muchos carpinteros anónimos, cuyos nombres se han disuelto en la niebla del olvido histórico, pasaron por esta ciudad a lo largo del siglo XIX.

Fueron ellos, con el golpe rítmico de sus azuelas y cepillos, quienes aportaron de manera silenciosa para cambiar el aspecto aldeano del ejido, transformando los caminos de herradura en calles flanqueadas por fachadas de tablones alineados que miraban al porvenir.

El mueble como depósito del espíritu familiar

Si las paredes de madera delimitan el afuera del adentro, los muebles de ebanistería configuran el universo de lo íntimo.

Aún hoy, en las primeras décadas del siglo XXI, muchos hogares de Hato Mayor guardan con un celo casi religioso, y exhiben con orgullo en sus salas y aposentos, antiguos juegos de comedores, repisas y juegos de cama labrados en el siglo pasado.

Estas piezas fueron esculpidas en maderas preciosas que hoy parecen mitológicas: la majestuosa caoba, el pino criollo impregnado de resina imperecedera, el fragante cedro, la noble cabilma y el duradero capá.

Estas reliquias domésticas no son objetos inanimados; son testimonios físicos del pasado que resguardan en sus vetas oscuras miles de historias y conversaciones privadas.

Solo sus protagonista, muchos de ellos ya bajo la tierra, sabían el contenido de aquellos diálogos: confidencias muchas veces románticas, promesas de amor eterno hechas a la luz de una lámpara de gas, y otras veces simples remembranzas de viejos tiempos contadas por los abuelos durante las tardes de lluvia.

Al tocar la superficie pulida de una mesa de caoba del siglo XX, uno no toca solo celulosa y barniz; toca el tiempo petrificado, la memoria táctil de una comunidad.

Sin embargo, el devenir histórico es también la historia de una pérdida y de una obligada metamorfosis.

Es de estricta justicia reconocer que hoy en día, las necesarias restricciones ecológicas y las leyes ambientales para cortar árboles maderables han modificado drásticamente el oficio.

Hemos sido testigos de una mutación irreversible del trabajo del ebanista clásico, quien se ha visto impelido a transformarse en un artesano del metal y de los materiales sintéticos.

Los nuevos talleres confeccionan repisas de aluminio, y cubren las cocinas modernas con metales ligeros y planchas de texturas industrializadas, adornadas de lindas decoraciones geométricas.

Este cambio de paradigma ha ido dejando atrás la era de la madera, aquella materia orgánica que jugó un papel estelar e insustituible en el embellecimiento de los hogares de todo el país.

Los llamativos tallados de antaño, que brotaban como flores de la imaginación del artesano, despertaban la curiosidad innata de los niños y daban un estatus de dignidad señorial a la vivienda más humilde.

A pesar de esta aparente victoria de la era industrial y metalúrgica, el espíritu del bosque se resiste a morir del todo en la provincia.

Muchos de nuestros artesanos de la madera aún sobreviven a los embates de la modernidad plástica.

En sus modestos talleres de barrio, todavía logran realizar tallados a mano que engalanan los hogares contemporáneos.

Son obras de arte que atraen magnéticamente las miradas de los mortales que visitan Hato Mayor; piezas que se exhiben con orgullo en majestuosas puertas frontales, gabinetes de cocina tallados con motivos frutales, repisas barrocas y juegos de aposentos cuyas cabeceras deslumbran por la minuciosidad de sus detalles barrocos y caribeños.

Cronología biográfica de los hacedores de Hato Mayor

La historia no está hecha de abstracciones, sino de la carne, el sudor y las manos de hombres específicos. A continuación, se presenta un rescate cronológico y biográfico de los artesanos que, con sus habilidades superiores, incidieron de forma determinante en el oficio de la ebanistería y la carpintería en Hato Mayor desde los albores del siglo XX hasta la transición al siglo XXI.

Muchos de estos artesanos de la madera clavada se destacaron no solo por su fuerza física, sino por poseer habilidades intelectuales y actitudes avanzadas en el diseño geométrico.

Sus contemporáneos del siglo XX llegaban a catalogar su destreza como una verdadera labor «científica», debido a la precisión milimétrica de sus ensambles sin necesidad de planos matemáticos impresos.

Los Hermanos Santana y la revolución técnica

A principios de la centuria pasada, dos nombres brillaron con luz propia en el firmamento artesanal de la provincia: los hermanos Fonso Santana y Juan Isidro Santana (conocido popularmente como «Puyita»). Ellos representan la transición de la carpintería de subsistencia a la ebanistería de alta gama técnica.
Fonso Santana: Está considerado por la tradición oral y los registros históricos como el primer gran ebanista formal que tuvo Hato Mayor desde los inicios del siglo XX.

Su maestría para el corte limpio y el ensamblaje perfecto sentó las bases de la escuela local de ebanistería. Llegó a operar un concurrido y respetado taller en la céntrica calle 27 de Febrero, justamente en el espacio geográfico donde hoy se levantan las modernas instalaciones de la empresa comercial “Agua Camora”. Su taller fue una escuela informal donde se fraguó el carácter de las siguientes generaciones de artesanos.
Juan Isidro Santana (Puyita): Si Fonso fue el pionero de la estructura, su hermano Juan Isidro fue el filósofo del movimiento y de la evolución técnica.

Él entendió que el arte debía incorporar nuevas herramientas para democratizar la belleza en los objetos de decoración del hogar. Con una mente brillante e inquieta que desafiaba las carencias del entorno, Puyita inventó de forma empírica para la década de los años 50 —en pleno régimen dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo Molina, el primer torno manual de madera que se conoció en toda la región Este del país.
Este invento mecánico revolucionó de manera absoluta el trabajo del ebanista en toda la comarca. Permitió que la madera, antes rígida y cuadriculada, cobrara formas cilíndricas, curvas perfectas, esferas e intrincados balaustres.

El éxito de su ingenio hizo que personas de otros pueblos del Este viajaran exclusivamente a Hato Mayor para solicitar piezas torneadas que luego se utilizarían en juegos de comedor, camas de columnas salomónicas y muebles de lujo.

Su popularidad caló tan hondo en el tejido folclórico de la población que los lugareños solían bromear con picardía popular ante cualquiera que se quejara de dolores físicos: “¿Quieres una costilla nueva? Vete donde Puyita”, dando a entender que el artesano era capaz de fabricar cualquier pieza del cuerpo humano en su torno milagroso.

“Era un ebanista talentoso, sumamente creativo; era, sin temor a equívocos, el que más sabía de ebanistería en toda su época”, aseguraba con nostalgia y absoluto respeto Don Celio de la Rosa, quien tuvo el privilegio histórico de conocerlo en su juventud y aprender los secretos del oficio bajo su tutela.

Pero la vocación de Puyita no se limitaba a la madera; entendía el servicio comunitario como un deber ciudadano. Murió en el año 1970, dejando un gran vacío social, habiéndose desempeñado además como un digno coronel del Cuerpo de Bomberos Civiles de la ciudad, institución benemérita de la cual fue fundador junto a otros notables coterráneos y bajo la guía del instructor Federico Santelises, oriundo de Bayaguana

Maestros de la segunda mitad del siglo XX

Los ebanistas que sucedieron en el aprendizaje a los hermanos Santana mantuvieron encendida la llama de la gubia y el formón. Algunos de ellos ya han partido hacia el descanso eterno, otros residen lejos de las calles que los vieron trabajar, y algunos permanecen inactivos por el peso de los años, pero todos forman parte del patrimonio cultural inmaterial de Hato Mayor.

Fernando Berroa (Papo): Este insigne maestro vino al mundo el 26 de junio de 1933. Fue el fruto del hogar conformado por el carpintero Abelardo Berroa y la señora Felipa Fulgencio. Llevaba la madera en la sangre: inició su andadura en el oficio en el lejano año de 1942 como carpintero de ribera y construcción pesada, demostrando desde niño una asombrosa agudeza visual. Con el tiempo, decidió elevar la categoría de su trabajo y se formó de manera autodidacta como ebanista estudiando con rigurosidad las famosas revistas de Mecánica Popular, que en aquella época eran ventanas al progreso técnico mundial. Con más de 55 años dedicados en cuerpo y alma a la ebanistería fina, Papo operó su tradicional taller en la calle Gastón Fernando Deligne número 29, desafiando el olvido.
Manuel Emilio Santana: Nació bajo el cielo de Hato Mayor el 28 de mayo de 1926, hijo del carpintero de vieja escuela Bernardino Santana y de doña María Consuelo Fabal. Su inmersión en los secretos de la madera comenzó formalmente en 1946, trabajando en el taller que su progenitor operaba con éxito en la calle General Santana, enclavada en el populoso sector Puerto Rico. Manuel Emilio encarna la persistencia del oficio doméstico; hasta los últimos días de la edición de estas crónicas, seguía realizando hermosos y minuciosos trabajos de restauración y talla menor desde la tranquilidad de su hogar, ubicado en la misma calle Gastón Fernando Deligne del mencionado sector Puerto Rico.
Pedro Fulgencio (Niño): Este legendario hacedor de viviendas gritó por vez primera al nacer el 14 de abril de 1940. Fue hijo de don Ramón Trinidad y doña María Francisca Fulgencio. Niño se abrazó al arte de la ebanistería y la carpintería cuando apenas era un tierno infante de 10 años, en 1950. Su nombre está escrito con letras de oro en la geografía rural de la provincia: es reconocido unánimemente como el carpintero que más casas de madera construyó en las distintas secciones y parajes del campo de Hato Mayor, dotando de un techo digno y estético a cientos de familias campesinas.
Celio Antonio de la Rosa: Salió del vientre de su madre, doña Elía Quina Pozo, durante las últimas horas de la tarde del 5 de julio de 1928. Hijo de Salvador de la Rosa, Celio representa el eslabón directo con la era de oro de la técnica, pues aprendió la ebanistería fina directamente de las manos del gran inventor Juan Isidro Santana (Puyita) en el año 1957. Tras años de perfeccionamiento, instaló su primer taller independiente en 1964 asociado con el maestro Felipe Bastardo, quien hoy reside en la ciudad de La Romana. El taller de Celio fue una verdadera dinastía familiar e intelectual; con él aprendieron el noble oficio de la madera sus amados hijos: Leopoldo Antonio, Eligio, Celio Antonio Enrique, Jacobo y Robert, perpetuando el apellido de la Rosa en el arte del mueble.

Como muestra de su espíritu polifacético y su profunda conexión con la tierra dominicana, además de su labor como ebanista, Celio se destacó como el mayor productor de Orégano de Cocina de la región, llegando a tener más de cien tareas de este arbusto aromático en plena producción en la laboriosa comunidad de El Cabao, perteneciente al municipio de El Valle.

Los maestros de la inmigración y el intercambio cultural

La ebanistería de Hato Mayor también se enriqueció con el influjo de mentes brillantes provenientes de otras latitudes de la geografía nacional, generando un valioso intercambio de estilos y escuelas de diseño.
Juan Francisco Torres Vega (Cheché): Este recordado maestro comenzó a darles tormentos creativos a sus padres desde el mismo instante de su nacimiento, ocurrido el 26 de enero de 1926 en la comunidad de Jamao Afuera, perteneciente a la provincia Salcedo (hoy provincia Hermanas Mirabal). Hijo del ebanista Efraín Torres y de doña Martina Vega, Cheché asimiló el Oficio de la madera desde el año 1940. Su destino lo trajo a las tierras orientales en 1971, ingresando primero a la comunidad de Hato Mayor como un activo comerciante en la zona de La Plaza. Sin embargo, el llamado de la madera fue más fuerte que el mostrador: diez años más tarde, para el año 1981, decidió retornar a sus raíces artesanales e instaló un moderno taller en la calle San Antonio número Uno, en el dinámico sector Las Guamas, fusionando la escuela del norte del país con la tradición del este.

Mateo Enrique Betances (Quiquillo): Otro gran exponente de la escuela del norte, Quiquillo tuvo su primer contacto con este ancho mundo el 15 de junio de 1945, también en la provincia de Salcedo. Hijo de los humildes agricultores Mateo Betances y Tomasina Cepeda, Quiquillo se abrazó con pasión amorosa al arte de la madera desde la tierna edad de 9 años, en 1954, teniendo como mentor a su propio hermano, el maestro Rubén Betances. El destino lo condujo a Hato Mayor el 17 de febrero de 1982, coincidiendo cronológicamente con las postrimerías del gobierno democrático de don Antonio Guzmán Fernández. Se instaló inicialmente en la vivienda número 3 del sector Respaldo Cepeda, en el barrio Las Guamas. Quiquillo representa la transición generacional del final de siglo: abandonó el trabajo físico de la ebanistería en las postrimerías del siglo XX, cediéndole con orgullo el control del taller a su talentoso hijo, Máximo Betances. Este último heredó el gen de la madera y actualmente opera el taller familiar en la calle San Antonio número 1, justamente en la salida vial que comunica a Hato Mayor con la histórica ciudad de El Seibo.
Son muchos los ebanistas que faltan por enumerar que transformaron la madera en piezas de decoración nen hogares, oficinas y empresas no solomde Hato Mayor, sino del país.

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