La sentencia del excoronel a 30 años

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Por Manuel Antonio Vega

El estrado en el Distrito Judicial de Santo Domingo Este se sentía inusualmente frío la mañana de la sentencia.

En el centro de la atención, custodiado por la sombra de su propio pasado, se encontraba Hans Wender Lluberes Sánchez.

Quien alguna vez portó el uniforme de teniente coronel de la Policía Nacional, simbolizando el orden y la ley, ahora enfrentaba el peso de una toga que lo señalaba como la pieza clave de una maquinaria criminal internacional.

La historia no comenzó en la sala de audiencias, sino en los ecos de una investigación que se remontaba a 2015.

Aquel año, el Centro de Información y Coordinación Conjuntas (CICC) y la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) tejieron, hilo a hilo, la madeja de una red que parecía invisible.

El golpe final llegó con el hallazgo de un cargamento que cambiaría el destino del oficial: 450 paquetes de cocaína, una cifra que pesaba en la balanza de la justicia poco más de 454 kilogramos.

No era un alijo cualquiera; era el testimonio material de una red que integraba voluntades dominicanas y venezolanas en una alianza de sombras.

La fiscal Blanca Durán, encargada de instrumentar el expediente, presentó ante el tribunal no solo cifras, sino un entramado de conexiones que vinculaban directamente a Lluberes Sánchez con las operaciones de la red.

En la sala, el silencio se volvía denso conforme se exponían las pruebas: grabaciones, seguimientos y el rastro indeleble de un hombre que, usando su rango, intentó desafiar al sistema desde adentro.

El tribunal colegiado no titubeó. Al evaluar el daño causado a la sociedad y la traición a la investidura que alguna vez juró proteger, la sentencia fue contundente: 30 años de prisión.

El precio de la traición anlanpatria

La pena máxima no vino sola, pues el tribunal impuso una multa de 50 millones de pesos a favor del Estado dominicano, un intento de resarcir el daño económico y moral perpetrado por quien debía ser el guardián de la ley.

Cuando el juez terminó de leer el veredicto, el exoficial recibió la noticia con la sobriedad de quien conoce el peso de sus actos.

Para Lluberes Sánchez, la carrera terminaba donde comenzó su ambición: en un salón de justicia, lejos de los galones que alguna vez portó y bajo la sentencia definitiva de una sociedad que, esta vez, sí logró pasarle factura a uno de los suyos.

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