Los generales de Balaguer 1 de 2

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Por Manuel Antonio Vega

Todos los presidentes tienen sus militares predilectos, aquellos que les son fieles como perros de raza y ejecutan sin vacilar lo que dicte el jefe, aun a costa de su propia vida. Tras la revuelta de abril de 1965, varios generales leales a Joaquín Balaguer volvieron a sembrar el terror y el autoritarismo, asesinando, desapareciendo y desterrando a los constitucionalistas con el respaldo de los Estados Unidos.

Balaguer, considerado un maestro de las estratagemas, logró estructurar una feroz campaña anticomunista para suprimir a los insurrectos, a los miembros del Movimiento 14 de Junio (1J4) y a otras fuerzas opositoras, a quienes estigmatizaba bajo la etiqueta de comunistas.

Aprovechando el contexto de la Guerra Fría entre los bloques soviético y occidental, se alió con los militares golpistas que habían derrocado a Juan Bosch.

No escatimó esfuerzos para diseñar un aparato represivo que guardara similitud con los artífices de aquel golpe de Estado.

Al respecto, el contraalmirante Eurípides Antonio Uribe Peguero señala en su voluminoso libro Militares y Autoritarismo:
«Significó la continuidad de un esquema militar similar al que provocó la interrupción del orden democrático en septiembre de 1963, con la misma inspiración trujillista, pero esta vez controlado por el doctor Joaquín Balaguer, quien los utilizó para reprimir duramente a la disidencia política al régimen, provocando la pérdida de valiosos jóvenes, destierros, torturas y un alto nivel de corrupción en sus gobiernos».

Desde que asumió la presidencia en 1966, Balaguer heredó armamentos y estructuras del régimen de Trujillo.

Aunque carecía inicialmente de pertrechos modernos, articuló con habilidad clanes militares que le servían a su antojo.

Los mandos de San Isidro y San Cristóbal resultaron sumamente favorecidos; figuras como Enrique Pérez Pérez llegaron a reclutar para su clan a Elías Wessin y Wessin. Del mismo modo, Balaguer logró reincorporar a los altos oficiales Antonio Imbert Barrera (quien había presidido el autodenominado Gobierno de Reconciliación Nacional), Emilio de los Santos Rivera Caminero y Salvador Lluberes Montás, devolviéndoles el control de las fuerzas militares.

De este modo, Balaguer gobernó apoyándose en la facción militar más reaccionaria y de raigambre trujillista.

La sombra de la intervención extranjera

Tal como lo demostraron desde su intervención a favor del bando de San Isidro, las tropas norteamericanas se mostraron abiertamente parcializadas durante la campaña electoral de 1965 en beneficio de su candidato preferido: Joaquín Balaguer.

Presentadas formalmente como neutrales durante el proceso, las fuerzas de ocupación fueron indiferentes ante las continuas agresiones de los militares dominicanos para impedir la campaña del candidato del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).

Amparadas bajo la fachada de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP), estas tropas no abandonarían el país hasta propiciar unas condiciones electorales idóneas para el triunfo de Balaguer.

Aprovechando tales ventajas, el apoyo tácito de los mandos dominicanos, la inacción de las tropas de intervención y los impedimentos sistemáticos contra Juan Bosch, Balaguer «obtuvo el triunfo» en los comicios celebrados el 1 de junio de 1966, juramentándose como presidente el 1 de julio de ese mismo año.

Los estadounidenses solo se retirarían del territorio nacional tras implantar su propósito estratégico en la República Dominicana: un gobierno opuesto a Juan Bosch que garantizara y defendiera sus intereses geopolíticos.

Una vez instalado Balaguer en el poder, dos factores clave garantizaron la continuidad del trujillismo militar: los planes del Departamento de Estado norteamericano y la profunda impronta trujillista del propio presidente.

Al finalizar la guerra civil y retirarse las tropas de ocupación, a Washington le interesaba dejar en el país cuerpos castrenses profesionales y disciplinados, capaces de asegurar la estabilidad de un régimen que respondiera a sus intereses en plena Guerra Fría.

En este contexto, la asesoría extranjera resultaría fundamental para la reorganización definitiva de los cuerpos militares dominicanos

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