Por Manuel Antonio Vega
La gesta de Abril de 1965 en la República Dominicana no solo se libró en el asfalto con el rugido del plomo y las detonaciones que rasgaban el cielo. Hubo otra trinchera, invisible pero feroz: la de la palabra. Desde las prensas escritas y las ondas hertzianas de la radio, se levantaron plumas y voces que disparaban dardos; unas veces para apaciguar y dotar de estoicismo al pueblo irredento, y otras, para encender la chispa de la revuelta contra el Yanqui Invasor.
Aquel acontecimiento nos obliga a plantear una pregunta filosófica fundamental.
¿Es la palabra un mero reflejo de la realidad, o es el lenguaje el campo de batalla donde se define la libertad?
En 1965, los discursos, las arengas y los artículos de opinión no fueron literatura; fueron ontología pura, acción directa que modificaba el ser y el curso de los acontecimientos en guerra.
La ética del compromiso frente al espejismo de la neutralidad
El filósofo existencialista Jean-Paul Sartre afirmaba que «el escritorr, o el orador, está comprometido, no porque elija serlo, sino porque sus palabras (y sus silencios) tienen consecuencias» .
En la Guerra Patria hubo servidores y deservidores, pues no se trata aquí de caer en un maniqueísmo simplista para elogiar a los primeros o fustigar a los segundos; la historia misma se encarga de decantar los actos.
Sencillamente, los primeros asumieron el imperativo ético de su deber, mientras que los segundos se colocaron en el lugar donde la inconsciencia de su propia conciencia los arrastró.
Cuando las armas físicas pactaban treguas momentáneas, se agudizaba la guerra de la información.
El periodista norteamericano Martin Arnold —cuya línea respondía a los intereses del texano Lyndon B. Johnson— llegó a escribir que la verdadera lucha ya no era entre soldados, sino entre los locutores constitucionalistas y los del bando de San Isidro.
Esta «guerra de frecuencias» demuestra que el poder colonialista entiende perfectamente el valor metafísico del relato.
Hubo un enfrentamiento verbal encarnizado, pues de un lado, la retórica que justificaba la mutilación de la soberanía por el invasor; del otro, la voz poética y desgarrada que defendía a una patria mancillada.
Mártires de la palabra hablada
El elenco de la dignidad
frente al micrófono, el peligro era inminente. Como bien rescata el escritor José Armando Núñez Fernández en el libro La Otra Guerra de Abril de Pedro Pablo Hernández, colocarse del lado de los parlantes servidores equivalía a firmar una sentencia de exposición absoluta. La palabra encarnada costaba vidas.
Recordamos hoy a esos titanes del éter, un átomo de oxigeno que se ganaron un puesto en el honor eterno:
Luis Acosta Tejeda: Desde la Voz de Cuba, desmontó con maestría la narrativa opresora; Doña Christianne Ghuerie, hija de Bélgica dominicanizada por amor, que lanzó dardos hablados eficaces en plena candela;
Luis Armando Asunción, considerado el clarín mayor de las primeras dianas de la libertad; Manuel Antonio Rodríguez (Rodriguito), quien a sus 55 años prefirió el fragor de la batalla comunicacional al cómodo retiro; Pedro Muñoz Batista y Jaime López Brache, valientes que tomaron los micrófonos desde la misma tarde del 24 de abril sin asomo de temor, para arengar al pueblo al combate hasta vencer el Yanqui maldito.
Héctor (Papi) Quezada Naar y Rafael Jiménez Maxwell (The Good Boy), fueron ejemplos de decencia, capacidad y magnetismo radiofónico;
Pedro Pérez Vargas, poseedor de una voz privilegiada puesta al servicio de la justicia social enarbolada por Francisco Alberto Caamaño y otros constitucionalistas, que ofrendaron sus vidas para darnos vida democrática.
Bill Bayles y Martha Chasfield: Dos voces norteamericanas que, en su propio idioma, decidieron no ser cómplices del imperio de su país de origen.
La muerte y la persecución acechaban a estos hombres y mujeres. El trágico destino del joven Rafael Núñez Castillo (hermano de la pintora Elsa Núñez), señalado y exterminado tras una rueda de prensa junto a Caamaño y Franklin Domínguez; la desaparición del manso veterano Pablo Rossó Pérez, cuyo único «crimen» fue llevar un rótulo que decía locutor; o el calvario de don Félix Acosta Núñez, el «As de los narradores deportivos», detenido y sometido a vejámenes en San Francisco de Macorís, son pruebas irrefutables de que la palabra infundía más terror a los tiranos que las propias balas.
La tragedia de la indiferencia
y los parias de la historia
Filosóficamente, la traición es condenable, pero la indiferencia es ontológicamente nula. En el juicio de la historia colectiva, los servidores como Acosta, Asunción, Papi Quezada o Ercilio Veloz Burgos tienen su nicho de luz. Los deservidores abiertamente declarados (como don Máximo F., los hermanos González, H. Freites o Furcy) quedan registrados en la antihistoria por su alineación con el opresor.
Sin embargo, el abismo más profundo está reservado para los neutrales y los indiferentes. Hannah Arendt acuñó el término de la «banalidad del mal» para describir cómo la inacción y el cumplimiento ciego de la cotidianidad permiten las mayores atrocidades.
Aquellos locutores que decidieron callar, bajo el pretexto de no tomar partido, cometieron el peor pecado contra la polis:
Condición Destino Histórico Impacto Filosófico
Servidores Memoria y Dignidad Constructores de la Libertad
Deservidores Antihistoria Cómplices del Opresor
Neutrales / Indiferentes Parias, Ilotas y Metecos Negación del ser y del deber ciudadano
Los neutrales se convirtieron en extranjeros de su propio drama, extraños en su tierra, parias que renunciaron a su condición de ciudadanos en el momento en que la Patria requería su definición.
El sonido Inextinguible de la Resistencia
Escuchar en aquellos días aciagos las voces de Mario Báez Asunción, José Antonio Núñez Fernández, Ercilio Veloz Burgos, Plinio Vargas Matos, Gustavo Adolfo Tejada, Fernando (El Magistrado) Casado, Fabio Valenzuela, Rafael Moya Valdez, Janet Vicioso, Vicente Lora Quezada, Darío Estévez Luna, Radhamés Grullón, Martín David, Lincoln Guerrero o George Cáceres, era mucho más que sintonizar un reporte de guerra.
Para los constitucionalistas y para el pueblo en resistencia, esas voces eran la prueba metafísica de que el espíritu de lucha se mantenía vivo.
Porque mientras una voz digna permanezca encendida en el aire, la opresión no habrá ganado.
La lección de Abril de 1965 es que las armas pueden ser silenciadas por la fuerza, pero la palabra comprometida con la verdad resuena para siempre en la eternidad de la historia.






