Por Manuel Antonio Vega
El ser humano es la única criatura consciente de su propia historia. Construye templos al tiempo y altares a la memoria para no ser devorado por el olvido. En la República Dominicana, esa batalla contra la amnesia colectiva encuentra un escenario vibrante en Hato Mayor del Rey.
Aquí, las festividades patronales en honor a la Virgen de Las Mercedes no son un simple registro de fechas en un calendario litúrgico; son un espejo del alma colectiva y una manifestación de la evolución social de un pueblo.
Para comprender la magnitud de estas festividades, la filosofía nos invita a mirar el pasado no como un museo estático, sino como una raíz viva.
El primer informe de una fiesta a la Virgen de Las Mercedes en esta comarca data de 1750, según un reporte rendido al rey de España por el arzobispo metropolitano, Monseñor Domingo Pantaleón Álvarez de Abréu.
Aquellas celebraciones primigenias habitaban el espacio de lo sagrado y lo profano en perfecta sincronía.
Se celebraban en la iglesia y en la mítica enramada de Media Chiva, resonando con el eco ancestral de los atabales y la euforia de juegos populares como el palo encebao, las aparadas de huevos y las corridas de burros.
Estas tradiciones nos recuerdan el concepto de lo «sagrado y lo profano» del filósofo Mircea Eliade: el pueblo necesita romper la monotonía del tiempo cotidiano para entrar en un tiempo mítico y festivo.
Sin embargo, en esos primeros siglos, la fiesta carecía de un elemento integrador que humanizara la celebración: la presencia de una reina.
Las patronales, impuestas por el catolicismo español, asignaban un protector del santoral eclesiástico a cada parroquia.
En Hato Mayor, la Virgen de Las Mercedes asumió ese rol, compartiendo su manto protector con pueblos como Yamasá, Pimentel, el Santo Cerro, Yuma y Palenque.
No obstante, la historia de esta devoción también carga con las sombras de la opresión.
Figuras como Francisco Dávila (1540-1554) y Gaspar Dávila (1554-1560), junto a sus descendientes hasta la Era Haitiana (1822), impusieron la esclavitud y el vasallaje en sus dominios.
En un acto de sincretismo forzado y resistencia cultural, los esclavos fueron obligados a entronizar la imagen de Las Mercedes en sus barrancones y bohíos.
Fueron los mismos Dávila quienes iniciaron el novenario que aún hoy sobrevive en la enramada de Media Chiva.
Esta paradoja histórica demuestra cómo un símbolo impuesto de sumisión puede transformarse, con el paso de los siglos, en un estandarte de identidad y libertad comunitaria.
El gran giro antropocéntrico de la festividad ocurrió en septiembre de 1963, cuando se escogió a la primera reina de las patronales.
Este acto modificó la estética de la fiesta, introduciendo el concepto de la belleza como representación de la dignidad comunitaria.
La primera beldad elegida fue la niña de nueve años, Iris Josefina Núñez Balbuena, hija del exgobernador José Núñez (José Buchín) y Amada Balbuena. Su coronación, tras un veredicto por escrutinio, culminó en un desfile histórico desde la calle Miches con San Antonio hasta la Logia 21 de Enero.
La política, ese motor aristotélico que moldea los destinos humanos, interrumpió abruptamente esta incipiente tradición.
El golpe de Estado al presidente Juan Bosch en ese mismo año provocó una fractura social que apagó temporalmente los festejos, demostrando que la cultura y la libertad caminan de la mano.
Al restaurarse la paz, las patronales recobraron su esplendor, y decenas de beldades han representado desde entonces las raíces ancestrales de Hato Mayor.
La memoria evoca con nostalgia nombres que desafían al olvido, como Consuelo Aurora Reyes Alcántara en 1977, o Altagracia Bueno Arias en 1980, cuya elección generó un hito publicitario gracias a una revista editada bajo la dirección del exsenador Iván Amílcar Rondón Sánchez.
La lista de soberanas es un poema al tiempo: Nena Vásquez Dismey (1979), Anny Victoria Peguero Astacio (1988), Teresa Jiménez (1989), Juliana Santana Peña (1994), Berenice Frías (1995), Sandra Sosa (1995), Sintya Upia (1996) y Tania de la Rosa (1997).
La naturaleza, en su ciega inmensidad, también ha querido imponer su veredicto, pues en 1998, el paso devastador del huracán Georges impidió la coronación de Cesarina Núñez, derribando la tarima del festejo y dejando sin árboles el histórico parque municipal Mercedes de la Rocha.
Pero la resiliencia es el sello del espíritu humano.
Al año siguiente, el ciclo de la vida continuó con la coronación de Consuelo Nathaly de la Rosa Mota (1999), seguida por Rosaura Monegro (2000), la artista Carolina Polanco Pérez (2002), Carmen Ligia Barceló Gonzales y Amanda Gonzales (2005).
Hoy, aquellas reinas de ayer son profesionales ejemplares que impulsan el desarrollo de la República Dominicana y el mundo.
Hato Mayor del Rey goza del raro privilegio de saber contarse a sí mismo.
Gracias a sus escritores y periodistas, el devenir de este pueblo no se disuelve en el viento, sino que se fija en el papel, recordándonos que el registro de nuestra historia es, en última instancia, el único camino hacia la inmortalidad.







