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Pelo Fino, el maestro de relojería que detiene el tiempo para hacerlo caminar en Hato Mayor

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​Por Manuel Antonio Vega

​En el corazón de Hato Mayor del Rey, donde el sol caribeño parece marcar el ritmo de la vida, existe un hombre que tiene el poder de domar los segundos.

No es un mago, aunque sus manos operan con una destreza que raya en lo sobrenatural.

Es Miguel Díaz, conocido por todos como «Pelo Fino», el artista de la precisión y el último gran baluarte de la micro-mecánica en la región.

​El Santuario de la Precisión

​Entrar a su taller en la avenida Melchor Contín Alfau es abandonar el bullicio de los motores y el pregón callejero para sumergirse en un universo de tics-tacs acompasados.

Allí, el aire huele a aceite fino y a historia. Pelo Fino no solo repara relojes; él cura la memoria del pueblo.

​Mientras que para muchos un reloj es un accesorio, para él es un organismo vivo. Con la ayuda de su lupa monóculo —que parece una extensión de su propia mirada—, Miguel se adentra en los laberintos de bronce y acero.

Su vista, que él define con orgullo como «100%», desafía el paso de los años, permitiéndole ver lo que el ojo común ignora: el desgaste de un rubí, la fatiga de un resorte o la minúscula mota de polvo que detiene la historia de una familia.

​De la Tradición a la Vanguardia

​Pelo Fino es un puente entre dos mundos. En sus manos han desfilado los imponentes relojes de péndulo que anunciaban la madrugada en las casonas antiguas, y hoy conviven con los complejos mecanismos de cuarzo y la electrónica moderna.

​»Un relojero es cualquiera», se escucha decir en las esquinas de Hato Mayor, «pero darle alma a una pieza muerta, eso solo lo hace el jefe de las agujas».

​Su técnica es un ritual: desmontar, limpiar con la delicadeza de un cirujano, diagnosticar el fallo y sustituir lo inservible.

Con pinzas y destornilladores que parecen hilos de seda, Pelo Fino ensambla anillas, ajusta manecillas y restaura esferas, devolviendo la dignidad a piezas de colección que muchos dieron por perdidas.

​Un Hombre de Servicio y Fe

​Pero Miguel Díaz es más que engranajes de relojes.

Su vida es un tejido de servicio social que lo eleva a la categoría de ciudadano ejemplar.

Durante 33 años, vistió el uniforme del Benemérito Cuerpo de Bomberos Civiles, enfrentando el fuego para salvar vidas, retirándose con el rango de Teniente Coronel.

​Su espíritu inquieto lo llevó también a los templos del conocimiento y la fraternidad.

Como miembro activo del Oddfelismo, ha escalado hasta rozar el grado de «Paz Más Venerable Patriarca», el título más alto a nivel mundial, ganado a pulso entre estudios bíblicos y una ética inquebrantable.

Su ingreso a la Logia Regeneración 11154-21 aquel mayo de 1971 marcó el inicio de una vida dedicada a la rectitud, complementada por su labor en el Club Rotario y el Club de Choferes.

​El legado y la Resiliencia

​La vida de Pelo Fino no ha estado exenta de las pruebas del destino.

La partida de su esposa, Teresa Mejía Mota, en el 2010, dejó un vacío que solo pudo llenar con el amor hacia sus hijos: Ruth Noemí (Sonalí), Emmanuel (Miguelito), Moisés Miguel y Amargi Dolores.

De ellos dice con orgullo que «padre inteligente da hijos inteligentes», viendo en sus carreras el reflejo de la disciplina que él aplica en su mesa de trabajo.

​Su taller ha sido un nómada por las calles de Hato Mayor: desde la Faustino Echavarría frente a Goyo Carrero, pasando por el Cine Red, hasta llegar en 2002 a su ubicación actual en la Melchor Contín Alfau número 8.

En cada mudanza, su clientela lo ha seguido, porque el tiempo en Hato Mayor no se mide por el sol, sino por la precisión de lo que sale de sus manos.

​Epílogo de un Personaje Histórico

​A sus 56 años de labor ininterrumpida (celebrados el pasado 19 de noviembre), Pelo Fino no muestra señales de fatiga. Es un personaje que se ha ido puliendo con el roce de la sociedad, como se pule el cristal de un reloj valioso.

​Hoy, Miguel Díaz es más que un técnico; es una figura inscrita en la historia viva de Hato Mayor del Rey.

Mientras haya un reloj que se detenga, ahí estará él, con su pulso de acero y su corazón de oro, recordándonos que el tiempo, aunque imparable, siempre puede ser reparado por las manos de un maestro.

¿Quiénes lo conocen o han ido a arreglar reloj a su taller?

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2 COMENTARIOS

  1. Me llena de orgullo ser hijo de ese gran ejemplo de ciudadano, padre, esposo y trabajador incansable. Gracias Vega por tomarse el tiempo para escribir este formidable artículo!!

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