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El frustrado embarque de drogas de Miramar en SPM

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Por Manuel Antonio Vega

​El muelle del sector Miramar no es solo un punto de atraque; es un rincón donde el tiempo parece espesarse con el calor y el olor a gasoil de las barcazas.

En San Pedro de Macorís, la «Sultana del Este», el puerto es un organismo vivo que respira al ritmo del Caribe.

Pero la noche del operativo, el aire se sentía distinto, no era la brisa habitual la que movía las palmas, sino una tensión eléctrica que precedía al choque entre la ley y el narco.

​La escena de escenificó entre el óxido y el salitre.
​Bajo la luz amarillenta y parpadeante de los postes del muelle, la silueta de una embarcación cabeceaba suavemente sobre el agua oscura.

Fue en ese escenario de hierros oxidados y redes amontonadas donde Wandel, Atahualpa y Andrés intentaron ejecutar su plan.

​El movimiento era frenético pero silencioso.

Dos vehículos, una Jeep Grand Cherokee y un Kia Sorento, permanecían con los motores aún tibios, estacionados cerca de la orilla.

En el interior de los bultos negros que cargaban, no había provisiones de viaje ni aparejos de pesca, sino el frío peso de 27 paquetes de un polvo blanco que brillaba de forma siniestra bajo las linternas policiales.

​El quiebre de la calma inició con la intervención de los agentes del Departamento Policial de San Pedro de Macoris que fue quirúrgica.

El silencio del muelle fue reemplazado por el grito de «¡Quietos!» y el crujir de las botas sobre el pavimento irregular.

​Al abrir el equipaje, la realidad golpeó con fuerza:
​28 kilogramos de presunta cocaína, cuidadosamente sellados, destinados a perderse en el mar.

​Seis mil doscientos pesos en efectivo, desparramados junto a cinco tarjetas bancarias que delataban una estructura financiera detrás del cargamento.

​Objetos cotidianos —un cargador portátil, prendas de vestir y simples cubetas plásticas— servían de camuflaje para una operación que pretendía burlar la vigilancia del Macorís del Mar.

​Entre los detenidos, la figura de Andrés Silfa Valera, marinero auxiliar de la Armada, destacaba como una nota discordante.

Su conocimiento del mar no fue suficiente para evadir el cerco preventivo.

Los tres hombres, provenientes de Santo Domingo y San Cristóbal, terminaron con las manos esposadas, lejos de la libertad que el horizonte marino parecía prometerles minutos antes.

​Hoy, mientras las olas siguen golpeando los pilotes del muelle de Miramar, el eco de las sirenas aún resuena en la memoria de los vecinos.

Los vehículos grises, ahora sin dueños y bajo custodia, son el único rastro que queda de una noche donde el polvo blanco no pudo llegar a su destino.

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