Por Manuel Antonio Vega
La madrugada del sábado 22 de febrero no trajo descanso para Bayaguana; trajo el zumbido de los disparos y el chirrido de neumáticos sobre el asfalto frío.
Lo que comenzó como un atraco a sangre fría en la penumbra de la Cabaña Bumba, terminó en una persecución frenética que transformó el tramo Mata Santiago en un escenario de guerra.
El Terror en la Cabaña inició cuando cuatro sombras irrumpieron en el establecimiento.
Entre ellas destacaba Raymer Rafael Hernández, alias “Jordan”, un joven de 22 años que esa noche decidió cambiar su libertad por el brillo del metal.
Empuñando una Glock 9mm, «Jordan» no solo buscaba el botín; buscaba el control a través del miedo.
Las víctimas —Yabrán, Nikaurys y Paola— vivieron minutos de puro terror. Entre forcejeos y amenazas, los delincuentes arrancaron de sus cuellos cinco cadenas de oro de 14k.
No hubo piedad: Nikaurys y Paola terminaron heridas, con la piel lacerada por la violencia de un asalto que quedó grabado, cuadro a cuadro, en las cámaras de seguridad.
El Rugido de la Chevrolet Tahoe
Los asaltantes creyeron que el rugir de sus motocicletas Xpress sería suficiente para perderse en la oscuridad. Se equivocaron. Las víctimas, lejos de rendirse al pánico, abordaron una Chevrolet Tahoe y emprendieron una caza desesperada tras los criminales.
La persecución alcanzó su punto más crítico frente a la Basílica de Bayaguana.
Allí, bajo la mirada silente del templo, el caos estalló.
«Jordan», viéndose acorralado por la mole de metal que lo acechaba, sacó su arma y disparó.
El estruendo de los proyectiles contra el viento marcó el clímax de la noche.
Pero el conductor de la Tahoe no retrocedió ante el plomo.
En un movimiento cargado de adrenalina y justicia propia, el vehículo embistió la motocicleta negra en la que huía Hernández.
El impacto fue seco, violento. «Jordan» voló por los aires hasta estrellarse contra el pavimento, mientras su acompañante lograba escabullirse como una sombra entre los callejones.
Cuando la Policía Nacional llegó al lugar, el escenario era desolador para el delincuente:
El Botín: Las cinco cadenas de oro fueron recuperadas entre sus ropas.
El Arma: La Glock 9mm quedó tirada a su lado, mudo testigo de su derrota.
La Sentencia: Con un trauma cráneo-facial moderado, Hernández pasó de la euforia del robo a una cama de hospital en el Ney Arias Lora, custodiado por agentes que esperan su recuperación para que rinda cuentas ante la ley.
La búsqueda de los otros tres implicados continúa, pero esa noche, frente a la Basílica, el brillo del oro robado se opacó con el destello de las sirenas policiales.







