Fue el último gran maestro de las cuentas en Hato Mayor
Por Manuel Antonio Vega
Cuando alguien en la República Dominicana se digne a escribir la historia definitiva de la contabilidad, tendrá, por estricta justicia, que dedicarle un capítulo entero al maestro Felipe Augusto Lamouth. Él no solo llevó libros financieros; sembró semillas de conocimiento que germinaron con tal fuerza que convirtieron a Hato Mayor del Rey en una de las provincias con mayor densidad de Contadores Públicos Autorizados (CPA) del país.
Su vida fue una cátedra de honestidad, precisión y entrega.
Del rumor del mar a la tranquilidad del aula
Aunque su corazón y su legado echaron raíces profundas en la tierra de Hato Mayor hacia la década de 1960, Lamouth vio la primera luz en la brisa marina de San Pedro de Macorís. Allí se formó como licenciado en Contabilidad, pero el destino le tenía reservado un asiento de honor en el aula de la historia hatomayorense.
Fue en este pueblo católico y laborioso donde formó su hogar y procreó a sus cinco hijos, dejando una descendencia que heredó su dignidad.
Su nombre quedó indisolublemente ligado al prestigioso Instituto Comercial Baldomero Vásquez, una institución que a mediados del siglo XX transformó el panorama técnico de la región. El instituto era un hervidero de futuro: entre las décadas de 1960 y 1980, las aulas se llenaban con el rítmico e inconfundible golpeteo de las hileras de máquinas de escribir Underwood, Remington, Olivetti u Olympia, fijadas a los pupitres para las rigurosas prácticas de velocidad y mecanografía.
En ese templo del saber comercial, fundado y dirigido por el educador y periodista Arturo Santana —figura prominente y miembro del Club de Leones—, Lamouth compartió honores docentes con otros titanes de la época, como el destacado profesor César Cáceres.
Una mente brillante en un hombre de bajo perfil
Quienes lo conocieron coinciden en un retrato exacto: don Felipe era un hombre callado, de un perfil extraordinariamente bajo, pero poseedor de una agudeza mental que hoy calificaríamos de cibernética.
Era, en aquellos tiempos analógicos, la «inteligencia artificial» del Baldomero Vásquez.
Ante cualquier consulta compleja o encrucijada matemática, Lamouth respondía con una precisión quirúrgica y una audacia intelectual que asombraba a todos.
«Era, sin temor a equivocarme, el profesor más talentoso y querido de toda la ciudad en el campo de la contabilidad».
Pero su genialidad no era fría. Se balanceaba con un trato extremadamente cariñoso, amoroso y empático hacia sus estudiantes.
Es por eso que, hoy en día, muchos de los contables que dirigen las empresas más importantes de la región recuerdan con un nudo de gratitud en la garganta las prodigiosas manos de aquel maestro que los pulió con paciencia de artesano.
El consultor del pueblo: De las igualas a la traducción
Cuando las puertas del histórico centro técnico se cerraron, el magisterio de Lamouth no se detuvo; simplemente mudó de escenario. Se recluyó en la paz de su hogar, convirtiéndose en el consultor de cabecera de Hato Mayor. Desde allí llevaba con pulcritud las igualas de los principales establecimientos comerciales de la ciudad.
Sin embargo, su servicio iba más allá de los números. Lamouth se convirtió en el redactor oficial de las esperanzas del pueblo.
Todo aquel que necesitaba una carta de solicitud de empleo bien estructurada, un documento legal o una misiva formal, pensaba primero en él. Además, gracias a su dominio del inglés, traducía documentos técnicos al español con una destreza impecable.
Su máquina de escribir seguía cantando en favor de los desprotegidos.
El reconocimiento de los Robles
El estado dominicano saldaría una deuda histórica el jueves 28 de agosto de 2014. Mediante un decreto presidencial dictado por Danilo Medina, se otorgaron pensiones especiales a un grupo de venerables contadores envejecientes.
Dentro de ese selecto grupo se encontraba don Felipe Augusto Lamouth, reconocido por su intachable trayectoria al servicio público.
Aunque el monto de la pensión —fijado en 10 mil pesos de la época y ejecutado por la Dirección General de Pensiones y Jubilaciones del Ministerio de Hacienda— parecía modesto, llevaba consigo una alta carga de dignidad.
Estos profesionales habían dedicado su vida al crecimiento del país, y aunque cotizaron al Sistema de Seguridad Social, la transición de las leyes no les permitió alcanzar las cuotas de la Ley 87-01. Junto a Lamouth, también fue jubilado don Ramón Peguero Reyes, otro de los grandes robles de la contabilidad empírica local.
Un faro con luz propia
Felipe Augusto Lamouth no necesitó de estridencias para brillar. Su genialidad técnica, combinada con su calidez humana, le ganó un nicho sagrado en el comercio, la academia y el corazón de Hato Mayor.
Hoy, cuando un contador público de la provincia cuadra un balance con excelencia, el fantasma sonriente de don Felipe se asoma entre los números, recordando que la contabilidad, antes que una ciencia fría, es un arte humano que él enseñó a amar.






