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​Perremeístas contra perremeístas

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El síndrome del poder y la ilusión del entretenimiento

Por Manuel Antonio Vega

​Siempre que un partido político logra quebrar la resistencia de las urnas y acceder al poder, se desata, de manera casi inevitable, la vieja «guerra de los inconformes contra los incontrolables». Es un guion repetitivo en la historia dominicana: una vez que una élite empuña el timón del Estado, se olvida de la base irredenta que se desgastó en las calles para encumbrarla en la cima.

Esos militantes de a pie, los vulnerables y los «pobres de solemnidad», quedan relegados a la eterna espera de que el derrame del bienestar estatal finalmente los alcance.

​En el actual escenario político del Partido Revolucionario Moderno (PRM), esta dinámica ha tomado un giro irónico.

Resulta evidente que existen tres o más partidos aliados cuyos militantes, habiendo alcanzado mejor suerte presupuestaria que los propios perremeístas históricos, defienden hoy con más vehemencia y garras la gestión de Luis Abinader que la propia organización oficialista.

​El camaleonismo aliado y la parálisis oficial

​Estos partidos satélites operan como una especie de camaleón del oficialismo. Sus militantes se muestran disciplinados, obedientes y genuflexos ante el poder central, garantizando su permanencia.

En contraste, las bases del PRM han caído en una suerte de huelga de brazos caídos: no se mueven ni con candela. Peor aún, desde las propias entrañas del partido oficial se atiza una campaña sorda pero implacable contra el Gobierno y sus ministros, motivada por el resentimiento de quienes sienten que no les han dejado caer ni «rodajas de queso ni lonjas de jamón» en los bolsillos.

​Ante este panorama, surge una pregunta obligada: ¿Cómo es posible que el presidente de la República mantenga y entretenga a burócratas que claramente no hacen todo lo que deberían por ayudarlo?

​La respuesta no radica en la ingenuidad, sino en el diseño táctico.

Esta ha sido la forma en que Abinader —al igual que los gobernantes de las últimas cinco décadas— ha concebido el manejo del poder. Cada mandatario aplica su propio «librito» para beneficiar a un anillo selecto mientras la mayoría observa desde la periferia.

​El presidente no es un robot que se maneja electrónicamente mediante comandos de voz. Sabe perfectamente lo que quiere y cómo lograrlo.

Para ello, ha estructurado un frío plan de distracción masiva, diseñado para entretener al país mientras se mueven las fichas de la sucesión de cara a los comicios de 2028.

​Estratagemas de distracción

​Dentro de este diseño de entretenimiento mediático encajan decisiones recientes de alta política internacional.

Por ejemplo, los acuerdos específicos con potencias extranjeras —como el manejo de flujos migratorios o de tránsito— suelen ser utilizados como perfectas cortinas de humo.

Mientras la opinión pública se centra en debatir estas nimiedades protocolarias y soberanistas, el verdadero engranaje del poder sigue su curso inalterable.

​Sin embargo, el peligro de jugar tanto al entretenimiento es que, mientras el mandatario distrae al país, su propio partido se desgarra a lo interno. La militancia observa con amargura cómo el pastel del poder se concentra exclusivamente en el círculo más íntimo y oligárquico del anillo presidencial.

Esta exclusión está incubando una división silenciosa que bien podría extrañar al PRM del Palacio Nacional en mayo de 2028.

​Los frentes de la oposición interna y externa de resistencia a la línea de Abinader están latentes y tienen nombres propios:
​El frente interno (Los Pitbulls): Encabezado de manera fáctica por el expresidente Hipólito Mejía, quien no oculta sus intenciones de encaramar como candidata presidencial a su hija, la actual alcaldesa de Santo Domingo, Carolina Mejía. Este bloque representa el perredeísmo histórico transmutado que reclama su derecho de sangre y de estructura.

​El frente de los aliados insatisfechos: Aquellos bloques minoritarios a los que todavía no se les ha cumplido con las cuotas burocráticas acordadas en la campaña, y que ya empiezan a mirar hacia otros horizontes.

​Mientras el presidente juega al gato y al ratón con las expectativas de la nación, los «pitbulls» del partido afilan los dientes para asaltar la armonía aparente que se exhibe en las ruedas de prensa oficiales.

​Un llamado a abrir los ojos

​No se puede tapar el sol con un dedo de propaganda. Detrás de las puestas en escena estatales y del empeño del jefe de Estado por disipar las críticas, la realidad nacional golpea con fuerza:
​Un endeudamiento externo que compromete a las futuras generaciones.
​Una inflación galopante que pulveriza los salarios.
​Una canasta familiar que se ha vuelto un artículo de lujo inalcanzable para las clases populares.
​Un aparato de producción agrícola colapsado y abandonado a su suerte.

​El llamado al país es a despertar y abrir los ojos.

El entretenimiento político es una anestesia temporal; cuando el efecto pase, la cruda realidad socioeconómica seguirá ahí, esperando por un país que no puede alimentarse de puras estrategias de palacio.

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