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El siglo XXI tiene un aroma oriental

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POR FARID KURY

Como se esperaba, la visita de Trump a China se ha convertido en uno de los acontecimientos geopolíticos más observados del momento. No se trató solo de una simple reunión diplomática con el líder chino, Xi Jinping. No. Fue mucho más. Fue el pulso entre dos superpotencias, una, China, que pasa por un gran auge y crecimiento económico, tecnológico y financiero, y la otra, Estados Unidos, cada vez menos decisiva en las decisiones geopolíticas y económicas del mundo.

Esa visita representa el reconocimiento de una realidad histórica: el equilibrio del poder mundial está cambiando aceleradamente hacia Asia.

Durante miles de años el centro del mundo estuvo en Europa. España, Roma, Francia y Gran Bretaña fueron imperios dominantes y el centro del mundo. Las decisiones importantes, por siglos, se tomaron en esas capitales.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el centro del mundo giró hacia los Estados Unidos. Washington fue el centro donde se tomaban las decisiones importantes.

Hoy eso está cambiando. El centro del mundo está girando hacia Oriente. Ya las decisiones importantes no se toman solo en Washington. También se toman en China, La India, Rusia, Singapur, Corea del Sur, Japón.

La historia también tiene sus mareas. En el siglo XIX el Atlántico fue el corazón del mundo. También el siglo XX. En el siglo XXI, el pulso económico y político comienza a latir cada vez más cerca del Pacífico y del Oriente.

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Y no se trata solo de una opinión o interpretación geopolítica. Se trata de datos económicos, duros, irrefutables, que evidencian el giro económico y político del mundo.

Hoy Asia concentra cerca del 60% de la población mundial y produce más de un tercio del PIB global.

China se convirtió en la principal potencia manufacturera del planeta, el mayor exportador mundial y el principal socio comercial de decenas de países, incluyendo muchos aliados históricos de Washington.

Mientras tanto, India emerge como la economía de mayor crecimiento entre las grandes potencias y se proyecta como uno de los motores del siglo XXI.

Pero el desplazamiento es también financiero y tecnológico. Bancos asiáticos financian grandes obras de infraestructura en África, América Latina y Medio Oriente.

Las nuevas rutas comerciales impulsadas por China han creado corredores marítimos y terrestres que conectan continentes enteros.

Empresas asiáticas lideran sectores como inteligencia artificial, vehículos eléctricos, telecomunicaciones y semiconductores.

Tal vez este dato es lo que más preocupa y el que más retrata y resume la realidad de hoy: en 1990, Estados Unidos representaba cerca del 40% de la economía mundial; hoy ronda poco menos del 25%, mientras China pasó de ser una economía marginal en el comercio global a disputar directamente con Estados Unidos el liderazgo tecnológico, financiero e industrial del siglo XXI.

Y todo eso en muy poco tiempo: menos de 40 años.

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La llegada del presidente norteamericano al gigante asiático debe leerse dentro de ese contexto.

Trump regresó a Pekín por primera vez desde su visita del 2017, en medio de tensiones comerciales, disputas tecnológicas y conflictos internacionales como la guerra con Irán y la cuestión de Taiwán.

En 2017, Trump llegó a China como el líder de un imperio dominante. Aquella vez su tono fue de confrontación, al acusar a Pekín de aprovecharse económicamente de Estados Unidos. Aquella visita marcó el inicio de una etapa de guerra arancelaria entre ambas potencias.

Esta visita refleja un escenario diferente. China ya no es simplemente “la fábrica del mundo”; hoy es un centro tecnológico, financiero y geopolítico capaz de discutir de igual a igual con Washington. Y Trump, Marco Rubio, y los empresarios norteamericanos que los acompañaron lo saben muy bien.

Los tiempos del emperador moderno regañar al jefe de una nación no funcionan con y en Pekin.

China, más que una reconciliación, lo que proyectó fue una cuidadosa administración del conflicto, orientada a proyectar estabilidad y poder.

China quiso mostrarle al mundo que recibe al presidente estadounidense no desde una posición subordinada, sino como una potencia equivalente.

XI Jinping ni siquiera recibió a Trump al pie del avión, como por ejemplo hizo con el líder norcoreano recientemente, que lo recibió junto a su esposa al bajar del avión. Los chinos, que todo lo calculan, con ese gesto están enviando un mensaje al mundo de la fortaleza de China.

Los temas centrales fueron: comercio y aranceles, exportación de tecnología e inteligencia artificial, la situación de Taiwán, y la guerra en Irán.

Pero más allá de los acuerdos concretos el verdadero mensaje fue estratégico.

Trump viajó acompañado por grandes empresarios estadounidenses vinculados a la tecnología y la industria, evidenciando que Washington entiende que el futuro económico mundial pasa inevitablemente por Asia.

Incluso algunos observadores consideran que esta visita simboliza el fin definitivo del mundo unipolar nacido tras la caída de la Unión Soviética. Hoy, Estados Unidos sigue siendo una superpotencia, pero China se ha convertido en un actor imposible de aislar o contener completamente.

La cumbre también dejó una imagen reveladora: mientras Trump buscaba resultados rápidos y anuncios concretos, Xi Jinping proyectó paciencia histórica, estabilidad y visión de largo plazo.

Esa diferencia resume buena parte del momento actual del mundo: Occidente sigue dominando muchas estructuras tradicionales, pero Oriente parece avanzar con una estrategia más lenta, silenciosa y sostenida.

En términos simbólicos, la visita de Trump a China no solo fue un viaje diplomático. Fue la confirmación de que el siglo XXI ya no gira exclusivamente alrededor de Washington. El eje del poder mundial se mueve hacia el Pacífico, y tanto amigos como adversarios de Estados Unidos lo saben.

Definitivamente, el siglo XXI tiene un aroma asiático, oriental.

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