La protesta es por la muerte de un joven a mano de un agente policial, que le abrió nel pacho con casco protector.
Por Manuel Antonio Vega
El humo negro de los neumáticos quemados comenzó a asfixiar la noche del domingo en El Seibo. Lo que empezó como el rumor de una tragedia en la sala de emergencias del hospital Doctor Teófilo Hernández, pronto se transformó en un estallido de rabia que incendió las calles de los barrios tradicionales.
La Jabilla, Cañada Francisca, Loma de Los Chivos, Ginandiana, El Retiro, Los Hoyitos y Villa Guerrero se convirtieron, en cuestión de horas, en un campo de batalla de piedras, botellas rotas y barricadas de basura.
La chispa que encendió la furia colectiva tenía nombre y apellido: Librand Alexander Tavares Montero, un joven de apenas 22 años.
Horas antes, la tarde pintaba como cualquier otra de domingo, pero Librand conducía su motocicleta por el tramo carretero que conecta El Seibo con Las Cuchillas, disfrutaba del trayecto junto a otros compañeros de ruta cuando el destino se cruzó en forma de un retén policial.
Un agente le ordenó detenerse para una fiscalización de rutina. Lo que ocurrió en los segundos posteriores es el núcleo del dolor de todo un pueblo: los jóvenes que acompañaban a Librand aseguran que un uniformado, implacable, lo golpeó con un casco protector. Un golpe fatal.
La noticia de su muerte en el hospital corrió como pólvora, primero de boca en boca entre los testigos indignados, y luego de forma masiva a través de los teléfonos celulares.
Las redes sociales multiplicaron el eco de la injusticia y la respuesta no se hizo esperar.
Al caer la noche, las calles de El Seibo ya no pertenecían al silencio habitual de los domingos.
La frustración acumulada se tradujo en el estallido de los cristales y el crepitar del fuego en el pavimento.
La Policía Nacional se vio obligada a desplegar un fuerte contingente de refuerzo; el aire, además de cenizas, comenzó a cargarse con el olor picante de las bombas lacrimógenas lanzadas para contener a la multitud.
Mientras la tensión sigue latente en las esquinas y los callejones, las autoridades han iniciado una investigación de urgencia.
Los ojos de la comunidad ahora apuntan a las cámaras de seguridad cercanas al lugar del incidente, con la esperanza de que los videos revelen la verdad incuestionable de lo que sucedió en esa carretera.
El Seibo no duerme; exige respuestas.






