Por Manuel Antonio Vega
El estruendo de los «cantinazos» en los balcones de las torres residenciales y en los patios de las casas humildes parece haber retumbado con fuerza en las paredes del Palacio Nacional. La rápida reacción del presidente Luis Abinader, quien reconoció que los reclamos ciudadanos deben ser atendidos, evidencia que el ruido de la indignación popular no puede ser ignorado. Ante la presión, el mandatario ha vuelto a su discurso de «gobierno abierto que escucha», atribuyendo el descontento al impacto de la crisis internacional en la economía familiar.
Sin embargo, detrás de la diplomacia presidencial y el llamado al diálogo, queda una pregunta en el aire: ¿Se trata de genuina empatía o de un temor real al costo político de la protesta?
Las cacerolas vacías no solo reclaman el alto costo de la vida; también suenan con rabia contra una problemática que desangra al país: la represión policial.
Mientras desde el Gobierno se habla de paz social, en las calles la realidad es otra.
La Policía Nacional, lejos de garantizar la seguridad, se ha convertido en un cuerpo represivo que arrebata vidas jóvenes en nombre de una «paz» que nunca llega a los hogares dominicanos.
El caso más reciente y aberrante ocurrió en la hidalga ciudad de El Seibo, donde el joven Alexander Taveras Montero perdió la vida en una supuesta persecución policial.
Es la gota que colma el vaso.
Ya basta de discursos vacíos por parte de la dirección de la Policía cada vez que un uniformado «mete la pata» y acaba con un inocente.
En este país, hace tiempo que las balas no alcanzan a los verdaderos delincuentes; solo caen ciudadanos de a pie por cualquier «quítame esta paja».
Pareciera que desde las entrañas del mismo gobierno se tramara el fracaso de la gestión de Abinader.
Si el presidente quiere salvar lo que queda de su mandato y evitar una «Ley Mordaza» o un estallido social mayor, debe sacudirse ya.
Las cantinas y los jarros viejos cumplieron su cometido: despertaron al jefe de Estado.
Ahora le toca a él demostrar, con acciones drásticas y la destitución de los incompetentes, que realmente está escuchando al pueblo.






