Agripina y Nerón: el poder no tiene madre

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POR FARID KURY

Hay una ley no escrita del poder: quien construye un trono no siempre conserva el derecho a sentarse junto al emperador. A veces ocurre algo más terrible: quien abre la puerta del poder para otro termina convertido en un obstáculo que debe ser eliminado. Nicolás Maquiavelo lo expresó con una idea que la historia ha confirmado muchas veces: quien engrandece a otro príncipe labra su propia tumba.

Eso fue lo que ocurrió en Roma con Agripina la Menor y su hijo Nerón.
Agripina no era una mujer común. Nacida dentro de la familia imperial, conocía como pocos los pasillos secretos del poder romano. Sabía que en Roma los emperadores no siempre llegaban al trono por la fuerza de las armas; muchas veces llegaban por la paciencia de las intrigas, por alianzas cuidadosamente tejidas y por la eliminación silenciosa de quienes podían estorbar el camino.

Su ambición tenía un objetivo claro: colocar a su hijo en el centro del imperio. Para lograrlo movió todas las piezas disponibles. Eliminó rivales y construyó alianzas. Pero el paso más importante lo dio cuando logró matrimoniarse con el emperador Claudio, a quien logró convencer para adoptar a Nerón y colocarlo por encima de Británico, el hijo legítimo del emperador.

El muchacho que ella había escogido sería César. Pero Agripina cometió un error que muchos hombres y mujeres de poder han cometido a través de los siglos: creyó que podía seguir gobernando después de haber entregado la corona. Gobernar a través de Nerón.

Pensó que Nerón sería emperador, pero seguiría siendo su hijo. Pensó que la obedecería como se obedece a una madre. Pensó que detrás del trono seguiría existiendo la misma dependencia y gratitud.

Pero el poder tiene una característica peligrosa: transforma a quienes lo poseen. El joven que ayer necesitaba protección, mañana puede sentirse prisionero de quien lo protegió.

Cuando Nerón ascendió al trono tenía apenas diecisiete años. Agripina imaginaba que detrás de aquel joven emperador seguiría estando la madre que había construido su camino. Sin embargo, Nerón empezó a comprender algo esencial en la ciencia del poder: un César que depende demasiado de otra persona deja de parecer un César.

La ruptura llegó cuando Agripina, desesperada al ver que perdía influencia, decidió recordarle a su hijo quién era ella y todo lo que había hecho por él. Le recordó que estaba sentado en el trono gracias a ella, y no a su talento. Que sin sus maniobras nunca habría sido emperador. Y, en un momento de ira, llegó incluso a mencionar que Británico tenía más méritos que él para gobernar.

Fue una frase pronunciada desde el orgullo, desde su alma herida, pero en el mundo del poder las palabras también pueden convertirse en armas. Nerón no escuchó a una madre dolida. Escuchó a una rival.

Ese fue el instante en que la relación cambió para siempre. Agripina dejó de ser para él la mujer que le había dado la vida y comenzó a ser la mujer que podía quitarle el poder. Y eso, en el mundo romano, tenía consecuencias. La expulsó del Palatino, la apartó de la corte y redujo su influencia. La madre que con paciencia bíblica había tejido intrigas y alianzas y había llevado a su hijo hasta la cima del imperio descubría, espantada y asombrada, que el trono no conoce de compensaciones ni crea gratitud; más bien, muchas veces crea distancia.

Herida por el rechazo y convencida de que Nerón pagaba así todo lo que había hecho por él, Agripina comenzó a moverse nuevamente en las sombras. Las intrigas que habían llevado a su hijo al poder ahora amenazaban con destruirla.

Cuando Nerón tuvo conocimiento de posibles conspiraciones, decidió actuar. Actuar como lo que era: un César, no como hijo. Primero intentó una muerte disfrazada de accidente: una embarcación preparada para naufragar durante un paseo por el mar. Pero Agripina sobrevivió milagrosamente y llegó a la costa.

Aquel episodio eliminó las últimas barreras, marcando un camino sin reversa. Nerón ya no actuó como hijo, sino como César que ve amenazado su trono. La acusó de conspirar contra Roma, y en el imperio romano esa acusación significaba prácticamente una condena. La mujer que había utilizado todos los recursos del poder para colocar a su hijo en el trono terminó víctima del mismo poder que había creado.

Agripina murió por orden de Nerón.
La historia cerraba así un círculo trágico: la madre que había fabricado un emperador terminó destruida por el emperador que había fabricado.

Pero la lección permanece. El poder no reconoce padres, amigos ni maestros cuando siente amenazada su supervivencia. Quien ayuda a levantar una figura poderosa debe entender que algún día esa figura puede caminar por sí misma, incluso contra quien le abrió el camino.

Agripina creyó haber coronado a un hijo. Nunca comprendió que había creado a un emperador. Y los emperadores, cuando sienten amenazado su poder, dejan de reconocer incluso a quienes les dieron la vida. Dos mil años después, la lección sigue vigente.

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