La «España Boba» y la clase media

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Por Manuel Antonio Vega

Decía el filósofo G.W.F. Hegel que «el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo». Con esto sugería que la autoconciencia y la verdadera comprensión de una época solo emergen cuando un ciclo histórico está llegando a su fin. En la historia dominicana, ningún periodo encarna mejor este crepúsculo transformador que la mal llamada España Boba. Lejos de la pasividad que su adjetivo sugiere, esos doce años de penuria crónica funcionaron como el vacío metafísico y material necesario para que naciera, por primera vez, una conciencia nacional con expresión política.

Para entender este fenómeno, no basta con enumerar las conspiraciones o lamentar la ausencia del situado; hace falta entender la crisis como una categoría filosófica de liberación.

Cuando el vacío genera movimiento

El relato histórico tradicional nos dice que la España Boba fue una época de retroceso económico: el colapso del comercio, la desaparición de la moneda y el retorno al trueque primitivo.

Sin embargo, desde la perspectiva del materialismo histórico, este colapso de la macroestructura colonial fue precisamente lo que fracturó las cadenas ideológicas de la metrópoli.

Al cesar la llegada del situado (el subsidio financiero de la corona española), el imperio rompió su contrato implícito con la colonia.

España dejó de ser el «padre proveedor» para convertirse en un fantasma burocrático.

Filosoficamente, este vacío de poder y de recursos obligó a los habitantes de la parte oriental de la Hispaniola a resolver su existencia desde la inmediatez de su propia tierra.

El trueque y la pequeña propiedad mercantil no fueron solo estrategias de supervivencia; fueron actos de autonomía involuntaria.

Al desvanecerse la moneda del Rey, se desvaneció también parte de su soberanía mental sobre los colonos.

La dialéctica del Hato y la obsolescencia del amo

El texto histórico del historiador Roberto Cassá, en su primer tomo de «Historia Social y Económica de la República Dominicana», nos revela un cambio estructural profundo, pues la emigración de la clase esclavista tradicional tras el Tratado de Basilea y la decadencia de las plantaciones.

Aquí opera de forma cristalina la famosa dialéctica del amo y el esclavo de Hegel.

En el siglo XVIII, el poder residía en el control absoluto del cuerpo del esclavo en las plantaciones.

Pero al perderse los mercados exteriores en el siglo XIX, el esclavo dejó de ser rentable bajo ese esquema de opresión total.

La realidad material obligó a los propietarios (particularmente a los hateros del interior) a ceder tierras o a transmutar la relación a un modelo feudal o de jornaleros.

El amo pierde su centralidad

Al depender de una economía natural y perder el control vertical de la producción, la vieja aristocracia colonial se vuelve obsoleta.

El Esclavo ganó espacio, aunque la abolición formal no había llegado, el debilitamiento de la estructura colonial permitió que los sectores desposeídos experimentaran formas inéditas de libertad práctica y arraigo a la tierra.

Este cambio en las relaciones de producción dio paso a un actor social clave: el campesinado de pequeña propiedad y la clase media urbana.

La conciencia nacional como un proyecto en disputa

La filosofía política nos enseña que la «nación» no es una esencia biológica ni un territorio; es un constructo social que nace del conflicto.

En la España Boba, la conciencia nacional no brotó de forma homogénea, sino como un campo de batalla ideológico entre diferentes visiones del mundo:

La vanguardia política urbana

Encarnada por la pequeña burguesía, intelectuales y militares como Núñez de Cáceres o los conspiradores de «la revolución de los italianos».

Influenciados por la literatura liberal que se filtraba desde Haití y los vientos republicanos de la Centro y Sudamérica bolivariana, su meta era una soberanía institucional, una república de corte ilustrado.

El contenido popular y la frontera

Movimientos como la rebelión de Mendoza y Mojarra (liderada por el esclavo Pedro de Seda) o la conspiración de Charles Arrieu en Monte Cristi demostraron que las clases oprimidas tenían su propia agenda.

Para estos sectores, la identidad nacional no se limitaba a cambiar una bandera por otra; buscaba la abolición total de la opresión y vio en la unificación con el Haití

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