Los medios de comunicación en la Guerra de Abril 2 de 2

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Por Manuel Antonio Vega

Existe una vieja premisa en la filosofía política que nos recuerda que el poder no solo se ejerce con el monopolio de la violencia física, sino con el control del relato. En la República Dominicana de abril de 1965, cuando los tanques y los aviones del CEFA y de las fuerzas interventoras pretendían clausurar el destino democrático de la nación, ocurrió un fenómeno que desafía la física de la guerra: las ondas hertzianas se transformaron en fusiles ideológicos.

Haciendo un símil necesario, desde las cabinas de transmisión se disparaba con la certeza de que en los campos de batalla abiertos no solo se defendía el suelo, sino el alma colectiva de un pueblo. Los constitucionalistas entendieron tempranamente una verdad existencial: las armas pueden recuperar un territorio, pero solo la palabra puede sostener la legitimidad de una causa revolucionaria.

Aquellos combatientes de las tribunas radiales y televisivas no eran simples técnicos o locutores; eran, en el sentido estrictamente sartriano, seres humanos comprometidos con su circunstancia histórica.

El silencio elocuente y la sospecha

La filosofía de la sospecha nos enseña a mirar los vacíos. El 24 de abril amaneció como cualquier día para el cantante y locutor Fernando Casado. Sin embargo, la historia humana cambia en un segundo, en un gesto. Cruza la calle Doctor Delgado y ve a Monina Solá haciendo señas ampulosas desde lejos.

Lo que parecía un saludo entusiasta era la urgencia trágica de Casado Saladín y Lajara Burgos: una advertencia ante el abismo.

Al entrar al lobby de Radio Santo Domingo Televisión, el vacío cobró una densidad metafísica. Ya no estaban los inspectores de estudio, los temidos «calieses» del rezago trujillista.

Había un silencio elocuente. El silencio, como bien apuntaba Martin Heidegger, no es la ausencia de sonido, sino una forma de lenguaje que precede a la tempestad.

La atmósfera densa y presagiante en la avenida 30 de Marzo anunciaba el quiebre del orden y el nacimiento del acontecimiento.

La dialéctica de la verdad y el «Manto Rojo»

La guerra de abril fue también una guerra epistemológica: ¿quién define la verdad?

Por un lado, la Voz de América y los sectores de extrema derecha intentaron lanzar sobre el movimiento constitucionalista el «manto rojo del comunismo internacional».

Aplicaron la misma retórica alienante que la dictadura de Trujillo inoculó durante 31 años, secundados por voces nefastas como la de Rafael Bonilla Aybar («Bonillita») y el general Wessin y Wessin.

Pero el pueblo dominicano demostró una madurez filosófica admirable: el rechazo a la mentira institucionalizada.

Habiendo padecido el genocidio del Puente Duarte, el pueblo no podía creer en el opresor.

Mientras por una frecuencia se escuchaban marchas marciales norteamericanas, por Radio Constitución vibraban las voces de Juan Bosch desde el exilio y del joven José Francisco Peña Gómez.

La verdad no era un concepto abstracto; era una voz telefónica que convocaba a la dignidad.

La inmortalidad del éter: La batalla por la HIZ

El filósofo Friedrich Nietzsche hablaba de la capacidad del ser humano de renacer a través de la voluntad de poder. Cuando los bombardeos dañaron los equipos de Radio Santo Domingo, el espíritu de la resistencia no se apagó; se mudó a la torre antena de la estación HIZ en el barrio María Auxiliadora.

El ataque perpetrado por las tropas del CEFA y la complicidad del invasor extranjero contra la HIZ fue brutal.

Las ráfagas y la enorme explosión se escucharon en vivo en todos los radioreceptores del país.

Siguió un silencio sepulcral. En los hogares dominicanos se lloró a los caídos; se pensó que Franklin Domínguez, Plinio Vargas Matos, Luis Graveley, Gustavo Adolfo Tejeda y la odiada voz de Luis Acosta Tejeda habían sido exterminados.

Sin embargo, al día siguiente, a las nueve de la mañana, Radio Santo Domingo Constitucionalista volvía a salir al aire.

La voz de la revolución poseía una cualidad metafísica: la resiliencia. No importaba que tuvieran que saltar patios bajo el fuego de helicópteros yanquis, ni que tuvieran que esconderse en casas desconocidas.

La consigna era hablar para demostrar que la idea de la libertad no puede ser asesinada por el plomo.

Los nombres de la libertad

La historia olvida con frecuencia a los obreros del pensamiento. Por eso es un deber ético nombrar a quienes sostuvieron el micrófono en la acera de la patria: Luis Armando Asunción, Pedro Pérez Vargas, Mario Báez Asunción, Pedro Muñoz Batista y su voz bronca; Martín Dania y su fluido francés; el poeta Jesús Torres Tejada, Héctor Quezada, Rafael Moya Valdez, Ercilio Veloz Burgos, y la pluma heroica de José Antonio Núñez Fernández. Junto a ellos, la juventud de Vicente Lora Quezada, José Cáceres y Rafael Maxwell. Y detrás del telón, en los controles, la resistencia técnica de Amado Vásquez («El Maco»), Valoy, Freddy Espaillat, Pedrito Torres, Héctor Cambero, José Semorilles y Luis Cambiaso.

Incluso al recordar a los antagonistas de esta tragedia fratricida, como Ernesto Valette Pérez o los tenientes Carlos González y Francisco Salazar, se evidencia que la radio y la televisión dominicanas no fueron meros espectadores de la Gesta de Abril.

Fueron el escenario primordial donde se libró la batalla más antigua de la humanidad: aquella que enfrenta el ruido ensordecedor de la tiranía contra el eco imperecedero de la libertad.

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