El día que el papel se volvió nostalgia: Mi historia con El Nacional

Fecha:

Siempre existió en mí ese anhelo romántico, casi sagrado, de ver mi firma estampada en las páginas de El Nacional. Para mí, ese vespertino no era un periódico más; era un bastión de pluralidad, una trinchera abierta a las mejores causas de la sociedad dominicana y la voz de los que no tenían tribuna. Tanto perseguí ese sueño con la mente y el corazón que, en el año 2012, la vida me premió. Tras publicar una serie de reportajes sobre las cataratas turísticas ocultas en las entrañas del Este dominicano a través del formato digital del Listín Diario, obtuve un premio nacional de periodismo.

Aquel reconocimiento no solo trajo aplausos, sino un giro inesperado: llamó la atención de Don Pepin Corripio. El influyente empresario, intrigado por mi trabajo, mandó a buscarme. La cita fue en su oficina principal de la Distribuidora Corripio.

El encuentro con el magnate y una lección de lealtad

El despacho de Don Pepino era imponente. Espacioso, amueblado con sobriedad y dominado visualmente por una gigantesca caja fuerte, ese cofre de acero donde el imaginario popular y la realidad sabían que se resguardaban no solo importantes documentos de sus vastas actividades comerciales, sino también el pulso económico de sus decisiones cotidianas.

Tras los saludos de rigor, Don Pepin me miró fijamente y soltó una pregunta directa, muy de su estilo:
—¿Usted anda montado?
—Sí, Don Pepin —respondí, intentando mantener la compostura.

Sin mediar más palabras, me hizo poner de pie y me guio hasta el coloso de metal. Abrió la caja fuerte, introdujo la mano y extrajo un grueso fardo de billetes con la denominación de RD$2,000.00. Me lo extendió.

Aquel gesto, mezcla de gratitud y reconocimiento a mi esfuerzo, me dejó sin aliento. Le di las gracias con el respeto que imponía su figura.

Don Pepin, entonces, elogió mi trabajo. Destacó lo que él llamó mi «forma poética» de describir los paisajes y los nichos turísticos en el Listín Diario. Me miró a los ojos y me aseguró que estaba a sus órdenes para lo que necesitara.

Agradecí nuevamente, pero el peso de mi viejo sueño pudo más que la prudencia. Aproveché el momento idóneo para plantearle la inquietud que me quemaba por dentro: mi deseo de escribir para las páginas de El Nacional.

La respuesta de Don Pepino fue fulminante, tácita, cortada con la precisión de una guillotina: «Para escribir en El Nacional, tendría que renunciar al Listín Diario».

—Lo analizaré —atiné a decir, sintiendo el choque entre la realidad corporativa y mi romanticismo literario.

Salí de aquella oficina con el fardo en las manos y la mente hecha un torbellino. No renuncié al Listín, pero la audacia me ganó.

Al día siguiente, comencé a enviar colaboraciones a la redacción de El Nacional. Durante un breve y glorioso período, logré que me publicaran varias crónicas rojas. Sentía que, de alguna manera, estaba burlando el destino.

Sin embargo, el idilio duró poco. De repente, mis textos dejaron de salir. Las páginas se cerraron para mí. Lo entendí de inmediato y sin resentimientos: se había cumplido la orden implícita de Pepin Corripio. Un corresponsal del Listín Diario no podía habitar el universo de El Nacional. Llegué a rozar el papel, imprimí mis letras en él, pero siempre me quedó la espina y el profundo deseo de ser un corresponsal oficial de ese prestigioso medio.

El adiós al papel: Cuando la pantalla venció a las rotativas

Hoy, esa vieja anécdota adquiere un tinte de melancolía mayor. Me embarga la nostalgia al procesar la noticia de que la versión impresa de El Nacional ha cesado definitivamente para dar paso exclusivo al entorno digital.

Parece una verdad ineludible de nuestros tiempos: lo digital venció al papel. Y yo, irremediablemente, me quedé con el deseo sembrado en la tinta que ya no corre.

Con el cese de su edición impresa, El Nacional cierra un ciclo monumental de 60 años de servicio ininterrumpido a los mejores intereses de la República Dominicana.

Deja de ser esa herramienta comunicativa entrañable que se podía hojear en las tardes, manchar de café, subrayar con lapicero, recortar para el archivo personal o compaginar en la mesa.

Ahora, su destino son los píxeles; informaciones que se leen a través del cristal frío de un computador, un teléfono inteligente o una tablet.

Un actor político y una esfera pública indispensable

Desde su nacimiento, aquel histórico 11 de septiembre de 1966, el periódico emergió en un contexto nacional hostil, marcado por la intolerancia política, el autoritarismo post-trujillista, la imposición y la asfixia de las libertades públicas. En ese escenario, El Nacional se erigió como el defensor y portavoz de los más débiles, convirtiéndose en el espacio idóneo para la discusión de los grandes traumas nacionales.

Analizado desde la academia, el periódico encarnó a la perfección la teoría de la esfera pública del filósofo alemán Jürgen Habermas.

El vespertino demostró que el entendimiento a través del lenguaje y el diálogo libre es la base misma de la democracia. Fue el lugar donde la sociedad dominicana buscó acuerdos mediante argumentos y no por la fuerza del poder.

Asimismo, al priorizar las necesidades de las grandes mayorías y denunciar las violaciones a los derechos humanos, se transformó en un actor del sistema político, tal como lo planteaba el teórico Héctor Borrat.

El Nacional no operó solo como una empresa informativa; fue una institución viva que participó activamente en los conflictos sociales para influir tanto en los gobernantes como en la ciudadanía.

Cada tarde, al aplicar el Framing o la teoría del encuadre (estudiada por Bateson, Goffman y Entman) a través de la jerarquización de sus portadas y la elección minuciosa de sus fotografías, el periódico moldeaba la forma en que el país entendía su propia realidad.

El dolor de la evolución

Para escribir la historia contemporánea de la República Dominicana desde 1966 hasta la fecha, repasar las páginas de El Nacional no es una opción, es una consulta obligatoria.

Su aporte a la memoria colectiva, a la cultura y a la identidad dominicana es incalculable.

Desprenderse de la rotativa y del olor a tinta fresca ha debido ser un proceso doloroso y traumático para sus propietarios y ejecutivos. Es, guardando las distancias, como perder a un pariente muy querido o ver morir una obra de arte física. Sin embargo, la implacable realidad del mercado —la migración de la publicidad hacia las plataformas digitales, el cambio en los hábitos de lectura y los asfixiantes costos de producción del papel— empujó al medio hacia este abismo tecnológico.

Hoy despido las páginas que tanto soñé llenar de forma oficial.

Auguro el mayor de los éxitos a su versión digital, una plataforma que ya tiene recorrido, pero que ahora asume la responsabilidad total del legado.

Queda esperar que sus editores pongan el mayor empeño, dedicación y entrega para mantener la calidad, la profundidad y esa valentía inconfundible que siempre caracterizó al Nacional impreso.

El papel ha muerto, pero el periodismo debe prevalecer.

spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Compartir esta publicación:

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

Popular

Más como esto
Relacionado

El muchacho de la batea

POR FARID KURY Todas las mañanas aparecía por la tienda...

Los medios de comunicación en la Guerra de Abril 2 de...

Por Manuel Antonio Vega Existe una vieja premisa en la...

Policía investiga caso en que dos personas fueron encontradas sin vida en Villa Riva

Por Narciso Acevedo Villa Riva, Duarte.- La Policía Nacional, a...

Policía busca al asesino de la granja en Yerba Buena

Por Manuel Antonio Vega El cacareo nervioso de las aves...