El muchacho de la batea

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POR FARID KURY

Todas las mañanas aparecía por la tienda de mis padres con una batea sobre la cabeza. Vestía ropa de kaki, caminaba despacio y cargaba tomates, pepinos, lechugas, ajíes y algunas frutas que iba ofreciendo de puerta en puerta. Era un muchacho delgado, de hablar sereno y de modales tan respetuosos que mi padre casi siempre terminaba comprándole algo.

Aquello ocurrió en 1976, poco después de que nuestra familia regresara del Líbano. Yo era apenas un observador. Nunca imaginé que, muchos años después, aquel vendedor ambulante se convertiría en uno de mis mejores amigos. Mucho menos que la vida nos llevaría a compartir aulas universitarias, campañas políticas, responsabilidades públicas y una amistad que el tiempo terminaría fortaleciendo.

En aquellos días nadie veía en él a un futuro abogado, ni a un empresario de éxito. Lo que todos veíamos era un joven tratando de ganarse la vida con dignidad. Pero la historia suele esconder el destino de los hombres detrás de las escenas más sencillas.

Los años pasaron y el muchacho de la batea reapareció en mi vida en un lugar completamente distinto: la Universidad Central del Este. Ambos estudiábamos Derecho. Fue allí donde comenzamos a conversar, a conocernos y a descubrir que compartíamos mucho más que una carrera universitaria.

Con el tiempo se graduó, abrió su oficina de abogados cerca de mi casa y empezó a construir, caso tras caso, un prestigio ganado con trabajo, responsabilidad y honestidad. La batea había sido sustituida por el maletín de abogado y el traje formal, pero el hombre seguía siendo exactamente el mismo: sencillo, humilde y respetuoso.

Nuestra amistad creció todavía más en el Partido de la Liberación Dominicana. Hicimos juntos la campaña electoral de 1996 y, cuando fui designado gobernador civil de nuestra provincia, traté de que ocupara una responsabilidad importante en el Estado.

Su primera respuesta fue negativa. Me dijo que prefería seguir ejerciendo el Derecho. Nunca fue un hombre seducido por los cargos. Tuve que insistir varias veces hasta convencerlo de aceptar la administración del Inespre.

Cumplió esa responsabilidad con la misma seriedad con que antes había vendido verduras y con la misma disciplina con que ejercía la abogacía.

Después regresó al ejercicio privado, emprendió nuevos proyectos y, gracias a una vida de trabajo constante, disciplina financiera, ideas innovadoras y honradez, se ha convertido en uno de los empresarios más exitosos de nuestra provincia.

Ya no es el muchacho que caminaba bajo el sol con una batea sobre la cabeza, pero el éxito no ha cambiado su caracter. Y eso es verdaderamente admirable.

Gerson Elías Matos nunca olvidó de dónde venía. Nunca permitió que la prosperidad borrara los recuerdos de la escasez. Nunca perdió la sencillez con la que conquistó el respeto de la sociedad.

He querido escribir esta crónica porque en tiempos en que muchos jóvenes buscan el éxito inmediato, conviene recordar que los grandes destinos casi siempre nacen de los pequeños esfuerzos cotidianos.

La historia de Gerson Elías Matos demuestra que ningún trabajo digno empequeñece a un ser humano. Al contrario: son el trabajo honrado, la perseverancia, el estudio y la humildad los que, con el paso de los años, terminan levantando las obras más grandes.

Gerson Elías Matos, el muchacho de la batea, el abogado disciplinado, el político honrado, el empresario exitoso, el hombre sencillo pese al éxito, es un gran ejemplo de superación y crecimiento personal. Su historia merece ser conocida y contada, como un reconocimiento a su esfuerzo y talento, pero también como un espejo para las nuevas generaciones de que la pobreza no es un obstáculo para crecer y lograr la movilidad social.

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