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El peso moral de Gregorio Luperón

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FARID KURY

La Guerra de la Restauración, esa que es calificada por el prestigioso historiador Roberto Cassá, como la verdadera independencia, fue una guerra de liberación, pero también una guerra social. Las guerras sociales siempre son muy violentas, pero también les brindan la oportunidad a hombres humildes a destacarse y ascender en la escala social y militar.

Gregorio Luperón, un joven moreno puertoplateño nacido en la pobreza, fue uno de esos hombres, que gracias a su arrojo y valor, se destacó en los combates y adquirió un gran prestigio y buena reputación.

Entró a la guerra siendo un desconocido, pero salió de ella convertido en un general de prestigio, respetado por el alto mando político y militar, lo que le serviría más adelante para encabezar la lucha contra el presidente antinacional, Buenaventura Báez, en la llamada Guerra de los Seis Años, y también para convertirse en el líder fundador del Partido Nacional liberal, mejor conocido como el Partido Azul.

Luperón tuvo una destacada e importante participación en la batalla de Santiago. Y más importante aún: fue quién detuvo al temido general Pedro Santana en Guanuma, impidiéndole llegar al Cibao, principal escenario de la guerra. Ese hecho fue decisivo porque si Santana hubiese llegado al Cibao con su ejército tal vez el resultado de la guerra hubiese sido otro.

Pero también Luperón fue quien llevó la guerra al Sur. Son esos hechos lo que ha llevado a algunos historiadores a considerar a Luperón como la principal espada de la Restauración, independientemente de las acciones, también muy valientes, de otros generales restauradores, como por ejemplo, el general Gaspar Polanco, quién en un gesto de valor único decidió la quema de la ciudad de Santiago, hecho que para el profesor Juan Bosch fue decisivo en la victoria de la Restauración.

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Un hecho trágico en la Restauración fue el derrocamiento de Pepillo Salcedo y su posterior fusilamiento. Pepillo fue el primer presidente del gobierno de Santiago. Era un hombre valiente, pero de un carácter moderado, prudente, inclinado a las negociaciones para ponerle fin a la guerra.

La guerra social que se estaba llevando a cabo no favorece ese tipo de liderazgo. Eran tiempo de machetes, pólvora, combates y muertes, y lo que prevalecía en el ambiente era un odio visceral contra los españoles. Pepillo era acusado por unos de debilidad y cobardía y por otros de traición.

Fue entonces cuando emergió con fuerza la figura militar de Gaspar Polanco. Las diferencias entre ambos hombres crecieron rápidamente. En una época donde cualquier gesto de prudencia podía interpretarse como traición, la desconfianza se convirtió en sentencia.

Gaspar Polanco terminó encabezando un movimiento para destituir a Pepillo Salcedo. El desenlace fue trágico. El 10 de octubre de 1864 fue derrocado y apresado. Al principio la idea no era fusilarlo, sino deportarlo a Haití, para lo cual se encargó al general Gregorio Luperón llevarlo a la frontera y entregarlo a las autoridades haitianas en calidad de desterrado.

Pero el destino, que a veces es caprichoso, le jugó una mala a Pepillo. El oficial haitiano de puesto en la frontera, inexplicablemente, no quiso recibirlo. Luperón hubo de regresar con él para entregarlo al gobierno restaurador presidido por su verdugo, Gaspar Polanco.

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En el camino Luperón rechazó varios intentos de los generales José Cabrera y Benito Monción de fusilarlo sin muchos trámites. Fueron momentos muy difíciles para Gregorio Luperón. José Cabrera y Benito Monción eran generales poderosos del movimiento restaurador. Pero Luperón tuvo el coraje y el temple necesarios para, en aquella hora crítica, no contrariar sus principios de garantizar la vida del prisionero, a costa incluso de la suya.

Luperón había tenido también sus problemas con el presidente Pepillo, quién había tomado decisiones contrarias a Luperón, que lo habían molestado mucho, como aquella que lo relevaba del mando de la guerra en el Sur.

Cualquier otro, en venganza por lo que él consideraba desconsideraciones, lo hubiese entregado a Cabrera y Monción. Pero no, no lo hizo, y en ningún momento pensó hacerlo. Luperón era un hombre duro en el campo de batallas, pero también de un corazón noble, y con principios y limites definidos.

Luperón de negó a convertir el camino hacia la frontera en un paredón. Tal vez porque aún reconocía en Pepillo al hombre que había encabezado la República restauradora. Tal vez porque comprendía que incluso las revoluciones necesitan límites morales para no convertirse en simples venganzas armadas.

Aquel joven general acostumbrado al estruendo de los combates, tuvo entonces el valor más difícil: el de contener la furia de sus propios compañeros. Logró llegar con Pepillo a Santiago y entregarlo al gobierno. Cumplió con su deber de hombre.

Aquella resistencia de Luperón revela una dimensión humana frecuentemente olvidada en los relatos heroicos. En medio de las turbulencias de la guerra, del odio y de la sospecha, Luperón no se dejó arrastrar por las bajas pasiones. No dejó que la guerra se tragara completamente la compasión.

La historia dominicana recuerda a Luperón como un gigante de la soberanía nacional. Y lo fue sin duda. Luperón es el héroe por excelencia. Héroe de la Restauración y héroe de la Guerra de los Seis Años. Pero escenas como aquella muestran también el peso moral que cargaba ese hombre en su conciencia.

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