Por Manuel Antonio Vega
EL VALLE, HATO MAYOR. — Decía Aristóteles en su Política que el verdadero fin de la organización social no es la mera supervivencia ni la cohabitación por conveniencia, sino el «vivir bien»: el procurarle a cada ciudadano una existencia plena y virtuosa. Sin embargo, en las periferias del olvido, donde la cotidianidad se reduce a resistir, la teoría política suele chocar contra la crudeza de las necesidades inmediatas. Fue en ese límite vulnerable donde habitaban Don Pascual y Don Luis, dos ancianos de este municipio de El Valle que, hasta hace poco, sobrevivían bajo las frágiles paredes de una casucha que apenas desafiaba la dignidad humana.
El panorama para ellos cambió. El senador de la provincia de Hato Mayor, Cristóbal Castillo, dejó oficialmente inaugurada y entregó una vivienda digna a ambos ancianos, amueblada en su totalidad e lista para ser habitada de inmediato.
Un acto sencillo en su protocolo, pero profundo en su significado ético.
De la promesa a la palabra empeñada
Immanuel Kant formuló en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres que las personas no tienen un precio, sino una dignidad: un valor intrínseco que exige que jamás se les trate como meros instrumentos, sino como fines en sí mismos.
La intervención en favor de Pascual y Luis no representó un simple gesto asistencialista; se erigió como la restitución de esa dignidad que el paso del tiempo y las carencias materiales pretendieron arrebatarles.
Durante la entrega, realizada entre vecinos y allegados que celebraban el nuevo hogar construido a base de bloques, madera y zinc, el legislador recordó el momento en que conoció la precaria situación de los ancianos.
“Me comprometí a hacerles una buena vivienda y aquí estamos, cumpliendo nuestra palabra”, afirmó Castillo.
En esa breve declaración resuena la filosofía de Paul Ricoeur, quien argumentaba en Sí mismo como otro que la promesa es la máxima expresión de la fidelidad hacia el prójimo.
En un entorno político donde la palabra suele diluirse con el viento, hacer de la promesa una realidad palpable se convierte en un ancla de confianza institucional y comunitaria.
La compasión como motor ético
Para la filósofa francesa Simone Weil, el verdadero amor al prójimo consiste en una capacidad muy rara: la atención. Implica mirar al que sufre y preguntarle, en silencio o con hechos: «¿Qué es lo que estás pasando?».
Esa mirada atenta fue la que encendió el plan social de la senaduría. Al enterarse de las condiciones de indigencia en las que pernoctaban los dos hombres, Castillo no postergó la respuesta.
“Primero, quiero agradecer a Dios, que me permite hacer este tipo de obras que llevan bienestar, alegría y esperanza a familias pobres, como es el caso de estos dos ancianos”, expresó emocionado el senador al entregar las llaves de la vivienda equipada con todo lo necesario para su uso inmediato.
Este gesto remite también a la ética de Arthur Schopenhauer, quien sostenía que la compasión (Mitleid) es el verdadero fundamento de la moral: la capacidad de sentir el dolor ajeno como propio e intervenir activamente para mitigar la aflicción del otro.
Un compromiso recurrente en la provincia
La entrega en El Valle no representa un hecho aislado en la agenda del legislador. Esta labor social sigue una línea de continuidad que ya ha tocado otros rincones de Hato Mayor, como el reciente caso en el paraje Rincón Largo, en el distrito municipal de Mata Palacio, donde otra familia en extrema vulnerabilidad recibió un techo seguro y equipado.
Al edificar refugios donde antes había intemperie, la función pública recobra su sentido más primario y noble. Como solía recordar el filósofo político John Rawls, la justicia de una sociedad se mide por la forma en que trata a sus miembros más desfavorecidos.
En El Valle, al menos para Pascual y Luis, la justicia dejó de ser una abstracción y tomó la forma de un hogar.







