POR FARID KURY
No todos los hombres reciben un apodo especial de un dictador. Mucho menos uno que resuma tan bien toda una vida. Cuenta Luis Ruiz Trujillo, sobrino de Rafael Leónidas Trujillo, y conocedor de las intimidades del régimen de su tío, en una interesante entrevista dada al periodista e investigador, Víctor Grimaldi, que cuando el Generalísimo se encontraba con Félix W. Bernardino solía saludarlo con una expresión tan breve como reveladora:
—¿Qué dice el gánster?
Tal vez nunca existió una definición más precisa de aquel personaje, intimidante como siniestro. No le decía ¿qué dice el abogado?, a pesar de que Bernardino, alias Buchilai, había obtenido el título de Derecho. Tampoco le decía ¿qué dice el amigo? ni ¿qué dice hombre?. Nada de eso. Trujillo, que tenía la cualidad de adentrarse en la psiquis de sus subalternos, conocía al dedillo a Bernardino, y no perdía oportunidad en hacérselo saber. Lo llamaba, sencillamente, el gánster.
Y, en verdad, resulta difícil encontrar un calificativo más apropiado para quien hizo del crimen una profesión y de la violencia una forma de ascender en la estructura del poder. Buchilai era un gánster con toda regla. Su trayectoria reúne todos los elementos del crimen político: asesinatos, persecuciones, torturas, espionaje internacional, bandas paramilitares y una fidelidad perruna al régimen trujillista.
Nacido en El Seibo en una familia acomodada e influyente, en su juventud fue músico y saxofonista en bandas de Santo Domingo. Sin embargo, muy temprano apareció el rasgo que marcaría toda su vida: la violencia.
El hombre no fue un colaborador del montón del régimen de Trujillo. Fue uno de sus ejecutores más temidos. A él le tocó cumplir las misiones que exigían intimidar, secuestrar, torturar o eliminar adversarios políticos. Era uno de esos hombres que las dictaduras necesitan para hacer aquello que un régimen no puede reconocer públicamente, pero de lo que depende buena parte de su capacidad para sembrar el miedo.
En 1930 fue encarcelado por la muerte en el Seibo de Amable Dalmasí, un hecho que lo llevó a la Fortaleza Ozama. Aquella prisión, lejos de reformarlo, se convirtió en el lugar donde estrechó relaciones con miembros de la familia Trujillo y comenzó su ascenso dentro de la maquinaria represiva. Su historia resulta, incluso, paradójica. El hombre, habilidoso al fin, aprovechó su reclusión, estudió Derecho y obtuvo el título de abogado. Y ahí aparece un detalle que ha merecido el estudio de muchos especialistas de la conducta humana. Se trata del carácter y el temperamento que conforman la personalidad de un individuo.
La educación no modificó su carácter ni su temperamento. El hombre llega a la cárcel porque mató a una persona. Pero cuando sale de la cárcel, siendo abogado ya, no modifica su conducta. Al contrario, es a partir de ahí que empieza y profundiza su prontuario criminal.
Al recuperar su libertad, no utilizó el conocimiento jurídico para ejercerlo. Todo lo que le interesaba era acercarse a Trujillo, y hacer lo que sea, incluyendo crimenes repugnantes, para integrarse al régimen. Y lo logró en grande.
Su nombre comenzó a aparecer asociado a episodios oscuros: persecuciones, desapariciones, asesinatos políticos y operaciones clandestinas dentro y fuera del país. Mencio solo algunos casos por ser sonoros: el asesinato del dirigente sindical Mauricio Báez en Cuba en 1950, el asesinato del intelectual y opositor Andrés Requena en el mismo Nueva York en 1952, el secuestro en 1956 del intelectual vasco Jesús de Galíndez, también en Nueva York, que fue traído a República Dominicana y asesinado.
Allí donde el régimen necesitaba un hombre sin escrúpulos, aparecía El gánster.
No todos los verdugos pasan a la historia con el mismo grado de notoriedad. Algunos permanecen en la sombra. Otros, como Bernardino, llegaron a convertirse en personajes temidos incluso por quienes compartían el poder con ellos. Su familia provenía del miedo que inspiraba.
Pero aquel saludo de Trujillo encerraba mucho más que una broma. Era, en realidad, el reconocimiento implícito de la función que Bernardino desempeñaba dentro del régimen. El dictador sabía perfectamente quién era aquel hombre y para qué le servía. Y Bernardino, por su parte, parecía sentirse cómodo llevando un sobrenombre que resumía toda su trayectoria.
Hay algo profundamente revelador en esa expresión que señala un rasgo de la personalidad de Trujillo: su peculiar sentido del humor, muchas veces cruel e irónico. Le gustaba poner sobrenombres a sus colaboradores y exhibir un poder tal que podía decir en público lo que otros apenas se atrevían a pensar. Las dictaduras no solo se sostienen por la voluntad del dictador. También necesitan hombres dispuestos a ejecutar aquello que otros serían incapaces de hacer. El tirano da las órdenes; el verdugo las convierte en realidad. Félix W. Bernardino fue uno de esos hombres: alguien para quien la violencia terminó convirtiéndose en una forma de vida.
Y algo se sabe, a W no le molestaba que El Jefe le llamara El gánster. Sabía que lo era, lo asumía como tal y se sentía orgulloso de serlo y de servirle. En definitiva, el gánster fue un eficiente socio de Trujillo en el crimen, tanto como Jhonny Abbes. Y pensar, caramba, que ese hombre murió en La Florida en 1976 en su cama de viejo.






