Por Manuel Antonio Vega
Hay pueblos que nacen del empeño de soñar en idiomas ajenos. Mucho antes de que Sabana de la Mar trazara con firmeza sus primeras calles, la República Dominicana ya padecía una vieja obsesión de Estado: importar el «progreso» con acento europeo. Entre las brumas del siglo XIX y principios del XX, las élites locales contemplaban una patria despoblada, mermada por ciclones, epidemias y guerras intestinas, y llegaron a la conclusión de que la salvación no vendría de la tierra propia, sino de los barcos que cruzaran el Atlántico.
Se buscaba un ciudadano ideal: el agricultor alemán de vigor intachable imaginado por Espaillat, o los colonos franceses que, como la firma Montandon-DesCombes, sembraron en Sabana de la Mar la finca ,«La Evolución» para perfumar el puerto con olor a cacao y café.
Mientras la masa negra de esclavos libertos se afincaba en Samaná o San Pedro de Macorís impulsando la caña, las autoridades soñaban con Alpes y comarcas europeas para poblar nuestros valles ilimitados.
En este teatro de aspiraciones entró con paso firme la figura imponente de Ulises Heureaux, Lilís.
Hijo él mismo de la migración, de sangre francesa y caribeña, Lilís comprendió rápido que para vender el país al capital extranjero primero había que pacificar el monte.
Apagó los cañones de los caudillos regionales con mano de hierro y ofreció a cambio una paz anestésica.
Durante un destello de ilusión, la nación creyó haber tocado el futuro: los pitos de las locomotoras cortaban la niebla del Cibao uniendo Puerto Plata con Santiago, y los rieles del tren de Sánchez a La Vega transportaban las cosechas hacia los mercados del mundo.
El azúcar sobrepasó al tabaco y los ingenios se multiplicaron en el Este como catedrales de humo.
Pero el progreso cuando se edifica sobre la tiranía y la vanidad no es más que un espejismo costoso.
Lilís modernizó el país empeñando su alma y el fisco a la banca internacional.
Cuando las cotizaciones del azúcar cayeron en picada, el dictador optó por la salida de los alquimistas desesperados: fabricar riqueza de la nada.
En 1897, anegó la economía con cinco millones de dólares en papel moneda sin respaldo.
Aquellas infames «papeletas de Lilís» cayeron sobre el comercio local como una plaga de langostas, arruinando a mercaderes, congelando los sueños de las colonias agrícolas y reduciendo la bonanza a un fajo de papeles descoloridos.
Es la paradoja trágica de nuestra historia: en el afán por atraer «elementos de organización» y sangre nueva para poblar el desierto demográfico dominicano, la dictadura de Heureaux terminó despoblando el bolsillo y la fe de sus ciudadanos.
Ni los incentivos fiscales ni los decretos colonizadores pudieron torcer el destino de un país que intentaba importar la civilización europea mientras su propio gobierno gobernaba bajo la barbarie del absolutismo.
En el contexto de la época de Lilis en Sabana de la Mar registró un inusitado impulso agrícola: La región participó en redes de producción de frutos menores y rubros agrícolas (como plantaciones frutales y de banano) vinculadas al desarrollo agroexportador de la época.
La zona de la bahía de Samaná y Sabana de la Mar figuró en los planes diplomáticos y de arrendamiento del régimen para buscar estabilidad financiera con potencias extranjeras, más que en la edificación de obras públicas locales de envergadura.
La presencia del gobierno se sintió principalmente a través del control militar, la vigilancia de la oposición y la administración local, limitando las inversiones materiales directas en comparación con las grandes vías férreas del norte del país.
Hoy, cuando miramos las viejas huellas de la finca La Evolución en Sabana de la Mar o los rieles oxidados del ferrocarril del Cibao, conviene recordar que la verdadera modernidad nunca llega en la bodega de un barco extranjero, ni en la imprenta descontrolada de un tirano, sino en la edificación de instituciones que no se evaporen con la siguiente crisis.







