POR FARID KURY
Enero de 1962 encuentra a la República Dominicana envuelta en una agitación creciente.
La Unión Cívica Nacional, dirigida por el doctor antitrujillista Viriato Fiallo, encabezaba esa agitación en contra de los remanentes del trujillismo, personificados en ese momento por el doctor Joaquín Balaguer.
Ya Ramfis se había marchado
tras la masacre de la Hacienda María donde mató a seis de los héroes del 30 de mayo. Igualmente sus tíos Petán y Negro se habían marchado en contra de sus voluntades.
Ramfis, en realidad, nunca fue un apasionado del poder. Trujillo quiso prepararlo para que lo sucediera cuando muriera. Se sabe por ejemplo que en 1957 quiso hacerlo vicepresidente de la República junto al presidente Negro Trujillo. Pero el primogénito prefería la vida de la francachela que dirigir una nación.
Tal vez por eso, junto claro está, a las presiones del momento, Ramfis no decidió quedarse en el poder a sangre y fuego.
Pero la salida de Ramfis, de su madre, y de sus tíos, no iba a calmar los ánimos. Al contrario los iba a caldear más.
Joaquín Balaguer, presidente de la República desde agosto de 1960, ahora era el blanco principal de las protestas. El cortesano de la Era observaba los acontecimientos y se daba cuenta que su situación era difícil, y por momentos insostenible. Aún así intentaba sobrevivir a aquel ambiente de permanente agitación.
Las calles de la capital eran un hervidero de gente que pedían su salida del poder y del país. Fue entonces que el 29 de diciembre de 1961 pronunció un discurso en el que dijo esta frase: «Vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo».
En realidad la frase no era suya. Era del presidente colombiano Mariano Ospina Pérez, que la pronunció el 9 de abril de 1948, en el contexto de lo que se conoció como El Bogotazo, cuando el pueblo enfurecido se lanzó a las calles pidiendo su renuncia, tras el asesinato del líder popular colombiano Jorge Eliecer Gaitán.
De todas maneras, con esa expresión quería vender la idea de que sólo muerto abandonaría la Presidencia.
Pero una cosa es llamar al diablo y otra cosa es verlo llegar.
Tres semanas después de pronunciar esa frase, el 18 de enero de 1962, a eso de la 7 de la noche, cubierto por el manto y la complicidad de la noche, el hombre se asiló en la Nunciatura Apostólica que quedaba al lado de su casa de la Máximo Gómez.
Dicen que con la ayuda de su secretario personal, el leal Rafael Bello Andino, que puso una escalera, logró subir en ella, y bajar en otra escalera, que se había puesto para tal fin, del lado de la Nunciatura.
El hecho es que, actuando como un hombre pragmático, se olvidó de sus palabras y se refugió en la Nunciatura, desde donde un buen tiempo después salió al exilio, dejando bien claro que para él era mejor un presidente en el exilio que un presidente muerto.
El presidente exiliado puede volver a la presidencia, pero el muerto jamás. Y él, efectivamente, después de ese episodio, volvió a la presidencia de la República, primero por espacio de doce años, que fueron ejercidos a sangre y fuego, y luego, por 10 años, ejercidos en democracia.
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En aquel momento el presidente Balaguer parecía vencido por siempre. Su forzosa salida del poder así lo evidenciaba. Observador agudo, sabía leer el momento, concluyendo que la retirada sin presentar batalla decisiva e inutil era lo correcto.
Pero además el doctor sabía que no había victoria definitiva ni derrota definitiva. Todo es circunstancial y sujeto a cambio en la medida que cambian las circunstancias. Y las circunstancias siempre cambian.
El doctor era de los que sabían retroceder en orden cuando el abismo está a un paso.
Joaquín Balaguer era un hombre de apariencia frágil, inofensiva, voz pausada, de caminar lento y respuestas tardías frente a las ofensas.
Y tenía una extraordinaria capacidad para leer correctamente el ánimo de los tiempos.
Aquella expresión: «Más vale un presidente muerto que un presidente fugitivo», era una frase de coraje político, casi caballeresca, pronunciada para transmitir que no abandonaría el poder.
Pero la realidad suele ser más compleja que los discursos.
Cuando la crisis alcanzó su punto más peligroso y se hizo real incluso la posibilidad de una muerte violenta o de ser juzgado en los tribunales, Balaguer hizo algo propio de su personalidad política: eligió sobrevivir.
Sobrevivir no para vegetar por ahí como intelectual, de tertulia en tertulia, o escribiendo artículos y libros de historia, sino para volver al poder.
El ilustrado caudillo de Navarrete era un hombre del poder. Vivía por y para el poder. Su vida iba a ser dedicada a estar en la presidencia o a luchar por volver a ella. Su vida solo tendría sentido ligada al poder. Era, en definitiva, un esclavo de la pasión del poder.
Era un hombre que había pasado décadas observando a Trujillo. Había aprendido que la política no es una carrera de cien metros, sino una larga travesía donde, a veces, el paso atrás es la condición para poder avanzar mañana.
Quizá esa fue una de las mayores habilidades de Joaquín Balaguer: interpretar el tiempo que le tocó vivir y modificar su conducta cuando las circunstancias lo exigían.
Sus detractores lo llamaron oportunismo; sus admiradores, inteligencia política. Para mí, hay un poco de ambas cosas.
De todas maneras, la política, como la historia, tiene sus paradojas.
El hombre que en enero de 1962 tuvo que refugiarse para no ser deshonrado fue el mismo que apenas 4 años después regresó al poder y se convirtió en el gobernante de mayor permanencia en la historia política dominicana del siglo XX, después de Trujillo.
Volvió en 1966, cuando el país todavía tenía las heridas abiertas de la guerra civil y de la intervención de tropas norteamericanas. Y gobernó a sangre y fuego doce años.
Y cuando todo el mundo creía que su ciclo político había concluido volvió en 1986. Y gobernó otros 10 años, ésta vez en democracia.
Esa capacidad de adaptarse a las circunstancias, de ver con certeza el ánimo de la sociedad y de esperar el momento oportuno, explica en gran medida su extraordinaria longevidad política.






