Por Manuel Antonio Vega
El nombre de Francis Hiran Soriano Ortiz, conocido en el bajo mundo como “Jeison El Patrón”, dejó de ser un sinónimo de temor en las calles de Hato Mayor para convertirse en un número más en los registros carcelarios. El Tribunal Colegiado de la Cámara Penal dictó sentencia: diez años de «mazmorra» tras ser hallado culpable de un brutal intento de homicidio que por poco termina en tragedia.
El escenario del crimen tuvo su epicentro aquella noche del 28 de mayo de 2024 quedó marcada por la violencia.
En las inmediaciones de la estación de combustible Shell, en plena avenida Duarte, el acero de un arma blanca cortó el aire y la paz de los presentes.
Oliver Miguel Betancourt Pacheco fue el blanco principal de la furia de “El Patrón”.
Las heridas fueron de tal gravedad que Betancourt Pacheco tuvo que ser sometido de urgencia a complejas intervenciones quirúrgicas.
En el altercado, la violencia no discriminó, pues Edwin García Mota y Cristian Pérez Mota, quienes intentaron actuar como mediadores para detener la carnicería, también resultaron alcanzados por los filos del imputado, quedando como testigos y víctimas de un ataque frenético.
Aunque el Ministerio Público, representado por fiscales que buscaban una pena ejemplar de 20 años, vio su solicitud acogida solo parcialmente, la condena de una década ha sido recibida con alivio por la parte afectada. El Licdo. Juanel Moneró Jiménez, abogado de la víctima, calificó la decisión como un triunfo de la justicia frente a la criminalidad que azotaba al municipio.
Y es que el historial de Soriano Ortiz, de apenas 26 años, no comenzó ni terminó esa noche en la Shell. «Jeison El Patrón» ya era un nombre recurrente en los partes policiales, pues en
Noviembre de 2024, fue capturado en flagrante delito tras un asalto en el sector Las Malvinas; mientras que entre
Octubre y Noviembre 2024, se le vinculaba a una ola de atracos que mantenía en vilo a diversos barrios de la ciudad.
Del arrepentimiento al encierro
Frente a los jueces, el hombre que una vez se sintió dueño de las calles mostró una faceta distinta. Entre dientes y con la mirada baja, manifestó estar «arrepentido» de sus actos.
Sin embargo, para el tribunal, el arrepentimiento tardío no borra las cicatrices físicas de Oliver ni el trauma de una comunidad cansada de los asaltos.
Bajo un fuerte dispositivo de seguridad, se ordenó que «El Patrón» cumpla su condena en la Cárcel Pública General Pedro Santana, en El Seibo.
Allí, lejos del asfalto de la avenida Duarte y de la impunidad de los barrios, Soriano Ortiz tendrá diez años para reflexionar si el alias que ostentaba valió el precio de su libertad.






