La oposición se une o el PRM se queda
Por Manuel Antonio Vega
Lograr la unificación de la oposición dominicana suele parecer, a primera vista, una tarea más difícil que alcanzar el reino de los cielos. En un escenario donde los intereses particulares y la heterogeneidad de los liderazgos suelen primar sobre la hegemonía social de la colectividad, el camino hacia el poder se vuelve sinuoso. Sin embargo, la realidad política actual dicta una sentencia clara: vencer al partido oficialista es una tarea de minería estratégica, donde las fuerzas opositoras son vetas luminosas que solo alcanzarán el metal final, el solio presidencial, si logran fundirse en una reingeniería política común.
El partido de gobierno avanza ganando terrenos. Su reciente renovación dirigencial ha proyectado hacia el exterior una imagen de dinamismo y cohesión, un rayo de luz que intenta eclipsar las tensiones internas que, como es bien sabido, desangran a sus estructuras en las provincias del país, sumidas en un verdadero pandemónium.
Pero la oposición no vive un panorama mejor. Hasta el momento, la incapacidad de articular una respuesta unificada y sólida a nivel interno ha debilitado su capacidad de responder con contundencia en las urnas para desplazar al oficialismo.
La Fuerza del Pueblo (FP), liderada por el expresidente Leonel Fernández; el Partido de la Liberación Dominicana (PLD); el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), timoneado por Miguel Vargas; y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) tienen la obligación histórica de nuclearse si de verdad aspiran a sorprender al bloque gobernante.
La historia de la democracia dominicana demuestra que los grandes virajes políticos del último tercio de siglo no han sido obra de partidos solitarios, sino el resultado de grandes costuras estratégicas.
El espejo de la historia: Pactos que redefinieron el poder
El recurso de las coaliciones no es nuevo; está inscrito en el ADN electoral dominicano para destronar oficialismos o sortear crisis profundas.
Hace casi tres décadas, en 1996, el histórico «Frente Patriótico» entre el PLD y el PRSC cerró el paso a José Francisco Peña Gómez y llevó por primera vez a la presidencia a Leonel Fernández, inaugurando una era de nuevos rostros en el Estado.
Posteriormente, tras la desaparición física de los tres grandes caudillos de la nación, Peña Gómez, Juan Bosch y Joaquín Balaguer, el pragmatismo político dictó nuevas reglas.
Vimos nacer en 2006 la «Alianza Rosada» entre el PRD y el PRSC para disputar el control congresual y municipal, que aunque sufrió severas fricciones y un éxito moderado por fallas de negociación, sentó precedentes de concertación.
Más sorprendente aún fue el «Gran Acuerdo de Gobierno Compartido de Unidad Nacional» en 2016, donde el PRD y el PLD sepultaron 42 años de enconada rivalidad histórica para postular de manera conjunta a Danilo Medina.
El ejemplo más reciente y directo de la efectividad de las coaliciones lo dio el propio partido hoy gobernante.
En 2019, la plataforma «Juntos Podemos» articuló a una docena de organizaciones, incluyendo al naciente Partido Revolucionario Moderno (PRM) y a la Fuerza del Pueblo, en una alianza senatorial estratégica en 24 provincias.
¿El resultado?
El quiebre de la hegemonía del PLD y el posterior ascenso de Luis Abinader al poder en los atípicos comicios de 2020.
El imperativo del presente
Hoy, los vientos de alianza vuelven a resonar con fuerza.
Las conversaciones y mesas de negociación entre las principales fuerzas opositoras no deben verse como un simple reparto de cuotas municipales o congresuales, sino como el cimiento indispensable de un proyecto de rescate nacional.
La fragmentación de la oposición es el principal oxígeno del oficialismo.
Si las fuerzas de la alterabilidad política insisten en marchar por separado, priorizando proyectos individuales o rencores del pasado, la derrota estará asegurada antes de abrir las urnas.
La experiencia histórica demuestra que las alianzas dan frutos tangibles; el electorado dominicano responde y castiga cuando percibe dispersión, pero premia la audacia de los bloques unificados.
Para salvar el destino institucional y económico del país, los líderes de la oposición deben deponer las armas de la soberbia partidaria.
La mesa está servida.
De la madurez con la que se manejen estas negociaciones dependerá si la oposición logra presentarse ante el país como una verdadera opción de poder o si, por el contrario, dejará el camino libre para la consolidación de un proyecto oficialista que se alimenta, precisamente, de las divisiones de sus contrincantes.







