POR FARID KURY
La historia tiene una forma extraña de juzgar a los hombres. A veces los eleva en vida con estatuas, títulos y honores; pero con el paso del tiempo termina preguntando no cuánto poder tuvieron, sino qué hicieron con ese poder.
Diecisiete años después de proclamada la independencia dominicana, en marzo de 1861, el general y presidente, Pedro Santana, tomó una decisión que marcaría para siempre su nombre en la memoria nacional: anexó la República Dominicana a España.
La justificación de esa traición a la patria fue el miedo. Se dijo, falsamente, que el país corría el peligro de volver a caer bajo la ocupación haitiana. Pero el argumento escondía más de lo que revelaba. Haití ya no representaba la amenaza que algunos pretendían presentar, y aun si hubiese existido ese peligro, no podía convertir en legítimo entregar la soberanía conquistada con sangre. Detrás de aquella decisión, en la realidad de los hechos, había una lucha más profunda: la lucha por el poder.
Desde el nacimiento de la República, dos fuerzas se enfrentaban. Por un lado, los hateros, representados por Santana; por otro, el ascenso de una pequeña burguesía encabezada políticamente por Buenaventura Báez. Se ha querido presentar esa lucha como entre conservadores y liberales. Falso: no era una batalla de ideas, sino de grupos sociales que buscaban definir el destino del nuevo Estado en base a sus intereses personales y de clase. Esa era una típica lucha por el poder en la que lo primero no eran las ideas ni la patria, sino los privilegios que emanan de él.
Santana había derrotado con rapidez a los trinitarios y se había impuesto como el hombre fuerte de la República. Pero una vez desaparecido aquel adversario, apareció un rival más complejo y fue sembrando raices: el azuano Buenaventura Báez.
Al principio caminaron juntos. Cuando Báez llegó por primera vez al poder en 1849, lo hizo con el apoyo de Santana. Pero la política, ese territorio donde las alianzas suelen durar menos que los intereses que las crean, terminó convirtiendo a antiguos aliados en enemigos irreconciliables.
Para finales de la década de 1850, Santana comenzó a comprender que su dominio se debilitaba. Báez crecía, ganaba influencia y amenazaba con desplazarlo del escenario político. Si había uno que conocía bien la dureza del poder ese era Pedro Santana: él había fusilado y enviado al exilio a sus enemigos y no ignoraba que sus adversarios podían hacer con él lo mismo.
Entonces tomó una decisión desesperada como arriesgada. Antes que entregar el poder a los baecistas, prefirió entregar la patria a una potencia extranjera.
El 18 de marzo de 1861 fue consumada la traición. Ese día la anexión oficialmente fue proclamada. La bandera dominicana fue arriada y en su lugar ondeó la bandera española. En un instante, la República dejó de existir como Estado independiente y pasó a convertirse en una provincia ultramarina de España. La traición estaba consumada, y tenía nombre y apellido: Pedro Santana.
II
Santana fue nombrado Capitán General. Pero la realidad fue muy distinta a sus expectativas. Él creyó que al traer a España al país conservaría su influencia y protegería su posición. Pero descubrió una de las grandes ironías del poder: quien entrega su libertad buscando conservar poder, puede terminar perdiendo ambas cosas.
Los españoles no lo trataron como un gobernante aliado. Lo trataron como un subordinado. Las decisiones importantes ya no nacían de su voluntad, sino de los funcionarios enviados desde Madrid. El hombre que había acostumbrado a gobernar con autoridad casi absoluta se convirtió en una figura decorativa: lleno de títulos, pero vacío de poder. Y pocas cosas destruyen más a un hombre acostumbrado al mando que descubrir que sus títulos ya no significan nada.
Santana no pudo soportar esa humillación. La misma España a la que había entregado la soberanía dominicana terminó despreciándolo. El gobernador José de la Gándara nunca reconoció plenamente su autoridad. Para él, Santana no era el gran general que había decidido el destino de un país, sino apenas un criollo que había servido a los intereses españoles.
La situación llegó al extremo cuando fue citado para ser enviado a Cuba, donde enfrentaría un proceso. El hombre que había dominado la política dominicana durante años terminó derrotado por la misma fuerza que él había llamado para protegerlo.
Poco después de recibir aquella noticia, murió. Los historiadores todavía discuten si fue una enfermedad, el peso de la depresión o la consecuencia de una profunda derrota moral. Pero hay algo difícil de negar: el trato recibido por los españoles quebró el espíritu de un hombre que había construido su vida alrededor del poder.
La muerte le evitó la última humillación: ser apresado y juzgado lejos de su tierra. Pero no pudo evitar el juicio de la historia. Porque el poder puede borrar enemigos, puede silenciar voces y puede imponer obediencia; pero hay una fuerza que ningún gobernante puede controlar: la memoria de los pueblos.
Santana quiso conservar el poder y terminó perdiendolo todo. Perdió el prestigio que había conquistado en los campos de batallas y quedó asociado para siempre al acto que más profundamente marcó su legado: la anexión de la República. Esa fue, quizá, la última ironía de su vida: el hombre que derrotó a tantos adversarios terminó vencido por un enemigo al que nadie derrota jamás: el juicio de la posteridad.
Porque, al final, Pedro Santana perdió la única batalla que ningún hombre puede volver a librar: la batalla de la posteridad. A veces, la historia concentra toda una vida en un solo acto. Y cuando ese acto compromete el destino de una nación, termina pesando más que todas las victorias anteriores.






