Policía busca al asesino de la granja en Yerba Buena

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Por Manuel Antonio Vega

El cacareo nervioso de las aves en Yerba Buena siempre era el primer aviso de que la madrugada traía algo oculto. Pero esa noche, el ruido de las plumas agitándose no despertó a José Marte. El cansancio de la jornada en la granja avícola pesaba demasiado en los párpados. A su lado, respirando con la inocencia que solo tienen los niños de diez años, dormía su hijo.

Horas antes, el sol caribeño había sido testigo de palabras gruesas, de dedos apuntando al pecho y de una discusión que dejó el aire denso entre José y su compañero de labores, Adolfo María Bello Heredia. Todos le decían «Jonathan».

En ese momento pareció solo una pelea más de trabajo, una de esas rencillas que el sudor y el cansancio suelen inflamar.

Pero la mente de «Jonathan», también nativo de Yamasá, operaba bajo una lógica distinta. Una lógica oscura.

«Jonathan» no durmió. Esperó a que la noche se tragara los caminos.

Consiguió un arma blanca, larga y fría, y también un arma de fuego, por si el destino se ponía difícil.

Se movió entre las sombras de la granja como un fantasma que conoce cada rincón, cada bisagra que cruje, cada ruta de escape.

El testigo inocente

El filo del acero rompió el silencio de la habitación sin previo aviso. No hubo palabras, solo el sonido seco del metal y el gemido ahogado de un hombre sorprendido en la vulnerabilidad del sueño.

El niño se despertó de golpe. No lo despertó una pesadilla, lo despertó la realidad, que era mucho peor.

Entre la penumbra de la madrugada, sus ojos de diez años vieron la silueta del horror: «Jonathan», el hombre que hasta ayer trabajaba con su padre, descargando su furia en un ataque ciego y metódico.

Los gritos del pequeño no detuvieron la mano del agresor.

Cuando el silencio regresó a la vivienda de la granja, el suelo ya estaba teñido de sangre.

El diagnóstico médico diría más tarde, con la frialdad de los tecnicismos, que José Marte murió de un shock hipovolémico debido a múltiples heridas.

Para el niño, sin embargo, el diagnóstico era más simple y devastador: se había quedado solo en un charco de sangre.

«Jonathan» no miró atrás. Caminó hacia el exterior, encendió el motor de la motocicleta que le pertenecía a su víctima y aceleró, perdiéndose en la negrura del camino.

La caza en la ruta de Monte Plata

Al amanecer, la granja de Yerba Buena se llenó de luces azules y rojas. Llegó el contingente policial, los fiscales con sus portafolios y el médico legista para levantar el cuerpo con rumbo al INACIF. Pero la verdadera acción se trasladó de inmediato a las carreteras.

«El sospechoso anda fuertemente armado. Se presume camino a su tierra natal.»

El radio de la policía repetía la alerta una y otra vez. Los perfiles de búsqueda con el rostro de Adolfo María Bello Heredia comenzaron a empapelar digitalmente los destacamentos de la región.

El sospechoso conocía bien el terreno; la hipótesis de los investigadores era clara: buscaba el refugio verde y espeso de Yamasá, en la provincia de Monte Plata, el lugar de donde ambos, víctima y victimario, eran oriundos.

A esta hora, la uniformada le pisa los talones.

Las patrullas Rurales y los equipos de Inteligencia vigilan los cruces, mientras la comunidad de Yerba Buena respira con miedo, esperando que la próxima llamada de radio anuncie que el hombre del motor robado y el puñal limpio finalmente ha sido capturado.

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