Alofoque: entre el no puede ser y el sí puede ser

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Hay una frase que la historia política suele pronunciar con una seguridad que después termina resultando trágicamente ingenua: «Eso no puede ser».

La República Dominicana conoce muy bien esa frase. La pronunció en 1930 una sociedad que no imaginaba que Rafael Leónidas Trujillo Molina pudiera llegar a la Presidencia de la República y convertirse en dueño absoluto del país. Se decía que aquello no podía ser, que aquel hombre no tenía las condiciones, que los militares, los políticos y la propia sociedad no permitirían semejante absurdo.

Sin embargo, ocurrió. Trujillo se impuso por la fuerza de las armas, y después convirtió aquella victoria inicial en una dictadura de treinta y un años. La historia, una vez más, había demostrado que lo improbable no es necesariamente imposible.

Por eso me preocupa la ligereza con que la sociedad dominicana observa las aspiraciones políticas de Santiago Matías, Alofoke. No estoy diciendo que Alofoke vaya inevitablemente a convertirse en presidente, ni que exista hoy una posibilidad cierta de que termine instaurando una dictadura. No sería serio afirmarlo. Estoy diciendo algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más inquietante: nadie debería sentirse autorizado a declarar que semejante cosa nunca podría ocurrir. La política no funciona con certezas de esa naturaleza. Los pueblos cambian, las sociedades se cansan, las instituciones se desgastan y los personajes que ayer parecían imposibles pueden convertirse mañana en protagonistas.

Alofoke representa algo que buena parte de la clase política dominicana todavía no ha querido mirar de frente. No es simplemente un comunicador, ni un empresario del entretenimiento, ni un hombre que ha construido una enorme plataforma mediática. Es también la expresión de un sector social que se siente identificado con su lenguaje, con su irreverencia, con su desafío permanente a las formas tradicionales y, sobre todo, con su rechazo a determinadas élites. Puede gustarnos o disgustarnos; podemos considerar su lenguaje vulgar, agresivo o provocador; podemos pensar que carece de formación. Pero hay un hecho cierto: miles de dominicanos lo escuchan, lo siguen y se sienten representados por él.

Y ahí comienza el asunto. Porque en democracia el poder no se entrega necesariamente al más culto, al más preparado, ni al más prudente. El poder puede terminar en manos de quien consiga interpretar con mayor eficacia las frustraciones, los resentimientos y las aspiraciones de una parte de la población. Las sociedades a veces eligen precisamente aquello que las élites han despreciado. Y cuando eso sucede, aparece la pregunta: ¿Cómo fue posible?

Hay algo en la personalidad pública de Alofoke que merece atención, porque determinados rasgos de comportamiento adquieren otro significado cuando se proyectan sobre el ejercicio del poder. La dificultad para aceptar la crítica, la arrogancia exhibida sin pudor, la confrontación abierta como método, y la tendencia a convertir el desacuerdo en una especie de desafío personal pueden resultar tolerables, incluso atractivas, en el mundo del entretenimiento. El problema comienza cuando esos mismos rasgos son trasladados al Estado.

El poder cambia la escala de las cosas. Un hombre que desde un estudio puede enfrentarse verbalmente con un político, un empresario, un artista o cualquier persona que lo contradiga, y salir después del episodio para continuar su programa, vive en un mundo muy diferente al de un gobernante que dispone de instituciones, presupuesto, ejércitos, organismos de inteligencia y capacidad para tomar decisiones que afectan la vida de millones de personas. La misma personalidad que puede resultar pintoresca en los medios puede convertirse en algo completamente distinto y.muy peligroso cuando tiene detrás el aparato del Estado.

Y ahí es donde la República Dominicana debería ser particularmente cuidadosa. Nuestra historia no es la historia de una democracia que haya vivido siempre protegida contra el autoritarismo. Todo lo contrario. Trujillo no llegó al poder vestido de dictador. No se presentó ante el país diciendo que pretendía gobernarlo durante treinta y un años. El autoritarismo se construyó después, paso a paso, aprovechando las debilidades de una sociedad y las posibilidades que ofrecía el poder.

En 1930 también hubo quienes pensaron que Trujillo no podía llegar. Existió incluso aquella consigna que resumía el sentimiento de incredulidad: «No puede ser». Y sí, pudo ser. La historia dominicana tuvo que aprender de la manera más dolorosa que una cosa es lo que una sociedad cree que debería ocurrir y otra muy distinta lo que finalmente ocurre cuando se combinan ambición personal, debilidad institucional, oportunismo político, miedo y una sociedad dispuesta a aceptar determinadas cosas, aunque parezcan absurdas.

Hay algo peligroso en la frase «ese hombre nunca llegará». La han pronunciado muchas sociedades antes de equivocarse. La pronunciaron quienes no entendieron a tiempo el crecimiento de movimientos políticos que parecían marginales. El electorado se ha vuelto más impredecible. Las redes sociales han demolido buena parte de las antiguas barreras entre el ciudadano y el poder. Un hombre puede construir en pocos tiempo una influencia que antes requería décadas de militancia partidaria. En este mundo, y más aquí, eso de que tal cosa no puede ser está mandado a guardar. Aquí, con la degradación que está la política, créanme, todo puede ser, incluyendo lo más absurdo, peligroso y dañino, como efectivamente lo es este caso.

Los fenómenos políticos se estudian cuando nacen, no cuando ya están instalados en la psiquis del ciudadano. Se analiza qué los produce, quiénes los siguen, qué frustraciones canalizan, qué sectores sociales los respaldan, qué lenguaje utilizan y, sobre todo, qué instituciones están fallando para que una determinada personalidad, como en este caso, descalificada y aparentemente descartada, pueda adquirir semejante capacidad de convocatoria.

El fenómeno es para verlo con preocupación, y no con indiferencia y chercha.

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