Por Manuel Antonio Vega
En Hato Mayor, hubo un tiempo en que el futuro de un joven no se decidía en las aulas de una universidad lejana, sino en el suelo engrasado de un taller mecánico. Bastaba con que un padre viera a su hijo desorientado o con ganas de progresar para que pronunciara la frase definitiva: «Te voy a llevar donde el maestro Colí». Allí, entre el olor a gasolina y el golpe rítmico de las llaves inglesas, se forjó el motor humano de todo un pueblo.
Gonzalo Díaz Pérez, a quien todos conocían simplemente como Colí, no solo reparaba motores; enderezaba destinos.
Nacido el 10 de junio de 1934, hijo de don José Silvestre Díaz y doña Amilia Pérez, Colí parecía haber venido al mundo con el destino marcado por el metal.
Hijos: la doctora Nury y la arquitecta Noemí Díaz Soriano, hijas de su primer matrimonio. Luego procreó cinco hijos, cuyos nombres no pudimos obtener
Nadie en Hato Mayor guardaba memoria de haberlo visto dedicarse a otra cosa que no fuera la mecánica.
En su oficio no era un simple trabajador: era un jeque, un aristócrata del motor que movía los engranajes con una precisión quirúrgica y una pasión indomable que contagiaba a quien lo mirara.
Una escuela sin aulas
Su taller rompió todas las leyes de la física y de la lógica: llegó un momento en que el maestro tenía más alumnos que tuercas y llaves mecánicas.
Colí jamás supo decir que no a un padre preocupado ni a un joven con ganas de aprender. El único requisito de admisión no constaba en ningún papel: exigía, de forma inquebrantable, respeto y obediencia.
En aquel patio de aprendizaje, sus palabras eran órdenes sagradas que se ejecutaban con precisión militar. Sin embargo, no era el miedo lo que movía a sus pupilos, sino la admiración.
Así, casi sin darse cuenta, Colí fue sembrando en ellos el hábito del respeto mutuo, transformando a muchachos rebeldes en hombres de bien.
Bajo su ala se formaron los nombres que hoy son leyenda en el parque vehicular de la provincia:
Gabino, Picada, Pascual Sánchez,
Francisco «La Burra»…entre tantos otros que aprendieron a escuchar el latido de un motor antes de meterle mano.
El examen final en la calle
La grandeza de Colí no terminaba cuando sus alumnos se independizaban.
A medida que los más aventajados dominaban el arte de la mecánica, recogían sus herramientas y abrían sus propios talleres por todo Hato Mayor. Pero el cordón umbilical con el maestro nunca se cortaba.
Colí, con el orgullo de un padre y la rigurosidad de un inspector, giraba visitas sorpresa a los nuevos talleres de sus antiguos alumnos.
Evaluaba el orden, escuchaba el sonido de los vehículos reparados y seguía orientándolos.
Aquellos hombres, ya independientes, se cuadraban ante su presencia con el mismo respeto del primer día.
«Era el amigo de los amigos. Su trabajo no solo le daba el sustento, sino un mérito y una distinción que lo hacían sobresalir en cualquier esquina de Hato Mayor.»
La vida de Colí estuvo dedicada por entero a esa familia extendida que vestía overol lleno de grasa.
Al momento de su partida, dejó el vacío de su ausencia a su esposa y compañera de vida, Ángela María Aybar de Díaz (Yta).
Sin embargo, la muerte de este jeque de la mecánica también trajo sus propios giros novelescos: tras su fallecimiento, aparecieron cinco hijos de los que el taller nunca supo nada, rostros desconocidos que jamás pisaron la tierra engrasada donde se construyó su legado.
Hoy, cuando un motor ruge con limpieza en las calles de Hato Mayor, es muy probable que las manos que lo arreglaron hayan sido guiadas, directa o indirectamente, por la escuela invisible de Roselio Díaz Pérez.
Colí no solo arregló carros; aceitó el futuro de una comunidad entera, que confiaba en su conocimiento y el respeto que irradiaba, siendo emulado por doquier hoy día.






