Por Manuel Antonio Vega
El debate sobre el modelo económico dominicano suele estar secuestrado por las frías y optimistas cifras de los organismos internacionales. Se habla de un «crecimiento meteórico» y de una estabilidad macroeconómica envidiable en la región.
Sin embargo, detrás de las luces de los complejos turísticos y las torres corporativas de la capital, subyace una realidad estructural alarmante: una economía de consumo sin base productiva, una brecha social que se ensancha y una clase política que perpetúa el asistencialismo como anestesia social.
El Contraste de la Inversión: Hoteles de lujo vs. cárceles para la pobreza
El modelo actual presenta una contradicción estética y moral. Por un lado, el desarrollo hotelero e inmobiliario avanza a pasos agigantados, pero sostenido casi exclusivamente por inversiones extranjeras y exenciones fiscales que drenan al Estado. Por el otro, la principal respuesta estatal a la marginalidad no es la industrialización ni la educación técnica de calidad, sino la expansión del aparato penitenciario.
Las cárceles se construyen para albergar a los eslabones más débiles de la cadena delictiva —la pobreza urbana—, aquellos que logran sobrevivir a la cuestionable política de seguridad ciudadana, caracterizada históricamente por los denominados «intercambios de disparos».
El Estado encuentra más sencillo el uso de la fuerza coercitiva antes que desmantelar las estructuras delictivas de cuello blanco o enfrentar el verdadero motor de la desesperación en los barrios.
La Inflación, el agiotismo y la erosión de la clase media
Mientras la inflación golpea el bolsillo del dominicano de a pie, un fenómeno asombroso ocurre en la cúspide de la pirámide: el nacimiento de nuevos ricos a una velocidad meteórica. Bajo la mirada —y la aparente permisividad— del gobierno de Luis Abinader, se ha desatado la voracidad de los especuladores y comerciantes agiotistas.
El verdadero enemigo del presupuesto familiar no es solo la crisis global, sino el libre albedrío otorgado a quienes controlan la cadena de distribución de alimentos y servicios básicos en los barrios.
El resultado es una mutación sociopolítica.
La oligarquía enquistada: Antiguos sectores de clase media, apalancados por el poder político, han ascendido a una oligarquía rancia que hoy maneja los hilos del Estado.
Al carecer de un proyecto industrial, la economía dominicana se está convirtiendo en una «economía de kioscos» e informalidad, donde los gobiernos miden el éxito financiero por la cantidad de negocios ambulantes y bancas de apuestas que abren, en lugar de cuantificar las empresas textiles o manufactureras que podrían absorber la mano de obra profesional que hoy se encuentra ociosa o migrando.
La herencia Balaguerista: Dádivas en lugar de desarrollo
El error fundamental del régimen actual ha sido replicar, casi de forma exacta, la política de control social diseñada durante los «12 y 10 años» de Joaquín Balaguer.
El asistencialismo estatal se ha institucionalizado a través de subsidios focalizados: la tarjeta de 1,500 pesos, el bono luz y el bono gas.
Estas medidas no son herramientas de movilidad social; son dádivas que adormecen la capacidad de organización de los sectores populares.
Al no estar organizados, los pobres no visualizan un futuro promisorio ni exigen transformaciones estructurales. El Estado los mantiene en un estado de dependencia económica donde la prioridad diaria es, simplemente, conseguir el sustento básico.
Esta situación de estancamiento estructural solo se ha visto camuflada temporalmente por factores coyunturales, como el aumento inesperado de los precios internacionales de productos agrícolas clave (azúcar, arroz, pollo), que ha dado un respiro de apenas un par de años al fisco, pero a costa de encarecer la canasta familiar del ciudadano común.
El circo viejo y la promesa femagógica
Luis Abinader llegó al poder con «su cama arreglada», respaldado por su cuna empresarial y económica. El pueblo dominicano, en cambio, sigue cargando con su «cama desarreglada», viviendo al día, como un circo viejo que se muda de pueblo en pueblo.
Para la mayoría, la jornada laboral solo garantiza la comida del anochecer, anulando cualquier posibilidad de ahorro o de emprendimiento real.
El panorama futuro no es alentador debido a la falta de alternativas políticas reales. La historia reciente demuestra que el ciclo dominicano es predecible: cuando termine el periodo actual, vendrá otro actor político al escenario a «marear» al pueblo con discursos demagógicos, prometiendo combatir con rigor la inflación y perseguir a los agiotistas.
Promesas que, al final, se diluyen en los pasillos del Palacio Nacional, dejando intacto el sistema que enriquece a unos pocos a costa de las mayorías.
Los «Pichones Políticos»: En las provincias del interior, la nueva militancia y los funcionarios emergentes exhiben fortunas inexplicables, paseándose en vehículos de lujo que contrastan con el polvo y el abandono de los campos dominicanos.
Una burguesía fragmentada y el abandono del sparato productor
Si existiese en la República Dominicana una clase burguesa con visión nacionalista y mentalidad de desarrollo, la historia del país sería distinta.
Una burguesía pensante entendería que la riqueza sostenible nace de la tierra y de la transformación de la materia prima; se sembrarían los campos, se generaría empleo técnico masivo y la inflación disminuiría de forma natural al aumentar la oferta interna.
Pero el diagnóstico sociológico es implacable: no la hay, ni la habrá. Las clases sociales no emergen por decreto ni por la voluntad de un grupo de hombres; responden a momentos históricos y condiciones estructurales que el país ya dejó pasar.






