POR FARID KURY
La República Dominicana nació como resultado de los planes independentistas de Juan Pablo Duarte y los trinitarios. Veintidós años de ocupación haitiana terminaron aquella noche del 27 de febrero de 1844 en la Puerta del Conde con el trabucazo de Mella.
Ahí nació la República. No sólo fue una separación de Haití. Fue la proclamación de nuestra independencia, como la quiso Duarte, libre de toda potencia extranjera. Eso es lo que se llama independencia. Separarse de un dominio, como el haitiano, para entregarse a una potencia, no es independencia. Eso es separarse de Haití, pero seguir siendo dominados.
En realidad, la proclamación de la independencia no fue muy complicada. En Haití había confrontaciones internas, y las guarniciones militares haitianas establecidas aquí no opusieron la resistencia que se espera de un país que domina a otro. Simplemente entregaron y se retiraron. Ironía de la historia: los haitianos, con Boyer al mando, vinieron en 1822, sin tirar tiros, y 22 años después, cuando los dominicanos proclamaron la independencia, se fueron sin tirar tiros.
Luego sí hubo algunas escaramuzas que la historiografía se empeña en presentar como batallas épicas, pero la noche del 27 de febrero y los días inmediatamente siguientes, los haitianos no presentaron batallas.
Pero a partir de ahí la batalla real y frontal sería entre dominicanos. Entre los trinitarios, representados por Juan Pablo Duarte, y los hateros, acaudillados por Pedro Santana y Tomás Bobadilla. Y sería una batalla a muerte por el poder, pero también, una batalla entre dos visiones diferentes. Los santanistas haciendo de todo por entregar el país a una potencia extranjera y los trinitarios por mantener la nación libre e independiente.
Así, la República nació entre campanas, pólvora y traiciones, entre los propios dominicanos.
Se formó una Junta Central Gubernativa dirigida por Tomás Bobadilla. Y a partir de ahí esa lucha cobró muchas vidas de dominicanos trinitarios.
Y quizá ninguna tragedia revele tanto el drama nacional como aquella verdad amarga surgida precisamente de esa lucha: muchos de los hombres que soñaron la patria murieron no a manos haitianas, sino frente a fusiles y soldados dominicanos.
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El 27 de febrero de 1844 nos trajo la independencia, separándonos de Haití, pero no nos trajo paz ni unidad. Más bien, nos trajo una confrontación interna que llevó al paredón y al destierro a verdaderos hijos de la patria.
La patria recién nacida se convirtió en seguida en un territorio lleno de caudillos, ambiciones y miedo. Y en un cementerio para sus fundadores trinitarios.
Los trinitarios habían concebido una República libre, liberal y soberana; pero otros sectores, los hateros, querían un país sostenido por el autoritarismo o por protectorados extranjeros. Estos últimos eran antihaitianos, pero no patriotas, como Duarte y los trinitarios, que son dos cosas muy diferentes.
Y allí comenzó el choque. Un choque que llevaría nada menos que a Duarte a ser declarado por Pedro Santana traidor a la patria y al destierro, a Antonio Duvergé, María Trinidad Sánchez, Francisco del Rosario Sánchez, los hermanos Puello, entre otros, al fusilamiento.
Francisco del Rosario Sánchez, declarado luego Padre de la Patria, no murió combatiendo tropas haitianas. Murió fusilado por dominicanos en San Juan de la Maguana, el 4 de julio de 1861, después de regresar desde Saint Thomas, donde estaba exiliado, para enfrentar la anexión a España, proclamada el 18 de marzo de 1861 por Pedro Santana.
Sánchez volvió sabiendo que probablemente iba hacia la muerte. Y entonces ocurrió la escena terrible:
la República fusilando a uno que había ayudado a crear la nación, a uno de sus más distinguidos fundadores.
Antes que él, su tía, María Trinidad Sánchez, la trinitaria que había ayudado en la confección de la bandera dominicana, también había sido ejecutada, y tampoco fue a manos de las autoridades haitianas, sino dominicanas. Ocurrió el 27 de febrero de 1845, también por disposición de Pedro Santana, justo al cumplirse un año de la independencia. Así celebraba el hatero el primer aniversario de esa gesta patriótica.
Después vendrían otros nombres.
Antonio Duvergé, héroe de las batallas contra Haití, terminó fusilado junto a su hijo por órdenes del mismo poder dominicano al que había servido. La patria seguía devorando a sus hijos, a los que la forjaron.
José Joaquín Puello y su hermano Gabino, dos soldados de la independencia, también fueron ejecutados el mismo día en 1847 en medio de las luchas por el control del nuevo Estado.
Muchos restauradores, duartistas y liberales conocieron el exilio, la cárcel o el paredón.
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En aquella hora oscura, la patria parecía devorarse a sí misma. Dominicanos trinitarios patriotas fusilados por dominicanos traidores y entreguistas.
La joven República tenía enemigos externos, sí, pero comenzó a descubrir algo peor: sus enemigos internos. Porque después de la independencia ya no se peleaba solamente contra Haití. Se peleaba por definir qué sería la República Dominicana.
De un lado estaban los hombres del ideal republicano de Juan Pablo Duarte: nación libre, instituciones civiles, soberanía popular. Del otro, sectores que creían en gobiernos fuertes y dependientes de potencias extranjeras para sobrevivir.
Y así ocurrió una ironía dolorosa: los trinitarios sobrevivieron a la dominación haitiana, pero muchos no sobrevivieron a la República que ayudaron a fundar. Fueron víctimas de las ambiciones de poder, y el afán de entregar la nación a una potencia extranjera de unos malos dominicanos encabezados por Pedro Santana, que nunca creyó en la independencia de la República Dominicana.
La patria que soñaron y fundaron terminó declarandolos traidores, expulsándolos, persiguiéndolos o fusilándolos.
Sin embargo, el tiempo hizo justicia donde la política había sido cruel.
Hoy los nombres de Francisco del Rosario Sánchez, María Trinidad Sánchez, Antonio Duvergé y tantos otros viven en calles, escuelas, monumentos y en la memoria colectiva nacional. Mientras Pedro Santana, el principal verdugo, se encuentra en el vertedero de la historia.
La República Dominicana nació contra un dominio extranjero, sí. Pero también nació marcada por la tragedia de derramar la sangre de sus propios hijos fundadores.






