Por Manuel Antonio Vega
En el mapa emocional de Hato Mayor del Rey, donde el sol de la tarde se desmaya sobre el asfalto caliente, habitan fantasmas que aún respiran.
Son los personajes pintorescos, esos epicentros de la memoria colectiva que, como hiedras, se enredan en el alma de los que nos quedamos para contar la historia.
Entre todos ellos, hubo uno que no caminaba, sino que flotaba en una nube de versos y harapos: Primo Lindo.
Era un galán en la niebla de la Locura
Era un rapsoda, un recitador de los pies descalzos.
Su nombre era un escudo y una ironía, pues aunque la fisonomía le fuera esquiva, él se bautizó a sí mismo en el espejo de su propia vanidad poética.
Decía ser «lindo», y con esa convicción de narciso callejero, conquistó el mote que lo hizo eterno.
Cuentan las malas lenguas —o quizás las leyendas urbanas que nacen para explicar lo inexplicable— que una fuerza sobrehumana, un esfuerzo físico desmedido, le alteró la anatomía y el juicio.
Desde entonces, Primo Lindo habitó ese umbral difuso donde la razón se quiebra pero la palabra florece.
Tenía la poesía como alimento
Primo Lindo no conoció el frío rigor de las aulas ni el orden de los pupitres.
Su biblioteca fue el aire; su maestro, el eco.
Poseía una memoria prodigiosa, una capacidad de retención casi mística que le permitía atrapar en el aire las décimas y rimas que otros declamaban, para luego devolverlas al mundo preñadas de su propia esencia.
»De genios, poetas y locos, todos tenemos un poco», solía recitar, como un mantra que justificaba su existencia errante.
Emitía sílabas, palabras y frases que parecían sagradas, que recitaba mientras caminaba por las calles o era abordado por cualquier parroquiano.
Era un hombre de contrastes, pues era arisco pero compasivo; un espíritu esquivo que, sin embargo, regalaba dulzura a quien se acercaba con respeto.
Andaba harapiento pero era de verbo florido; vestía el polvo del camino y cargaba un saco que era su casa y su refugio, pero de su boca brotaban piropos de seda para las mujeres y versos de amor para los desahuciados.
Era un ser que andaba libre pero encadenado:; se negaba a calzar sus pies, pues decía que la planta del pie debía acariciar la tierra y dejar que el asfalto endureciera su caminar, como si necesitara ese contacto carnal con el suelo para no salir volando.
Tenía de escenario cada una de las esquinas del pueblo.
Aquel «poeta loco» era el centro de gravedad en las peñas y tertulias.
Los parroquianos, desde los de abolengo hasta los más humildes, detenían el tiempo para escucharlo.
Fue el sazón de una generación; en los años 70, 80 y 90, los jóvenes lo buscaban para aprender los estribillos que luego susurrarían a sus novias.
A veces, su locura lo traicionaba y atentaba contra el pudor público, víctima de sus propios impulsos y de esa hernia que, como un castigo bíblico, le recordaba su fragilidad humana en el ocaso de sus días.
Pero la piedad del pueblo era mayor que su falta; Hato Mayor sabía que bajo la suciedad y el desvarío, latía un artista.
El último acto
El 12 de octubre de 2017, el corazón de Primo Lindo decidió dejar de rimar.
Solo en el umbral de la muerte, en una cama del hospital Leopoldo Martínez, conoció el agua y el jabón que tanto tiempo esquivó.
Murió limpio, como si para entrar al reino de los cielos necesitara despojarse de la costra de la tierra que tanto amó.
Se fue el hombre que me enseñó a reír cuando la ira me nublaba, el que me mostró mi propio interior en el espejo de su mirada perdida.
Se fue el genio de las décimas de amor, llevándose consigo el secreto de dónde guardaba las monedas de su arte.
Primo Lindo, descansa en esa paz que el mundo no supo darte.
Que Dios te asigne un rincón luminoso, donde puedas caminar descalzo por nubes de algodón, declamando tus décimas eternas ante un coro de ángeles que, por fin, entiendan tu hermosa y lúcida locura.
Para honrar la memoria de Primo Lindo, he compuesto estas décimas que capturan su esencia: el contraste entre su apariencia errante y la riqueza de sus versos, ese «sazón» del que hablaba la crónica original.
Aquí les dejo tres décimas que bien podrían haber brotado de su propia boca en una esquina de Hato Mayor.
Décimas al Poeta Descalzo
I. La herencia del aire
Sin libros, pluma ni escuela,
aprendió del viento el verso,
retratando el universo
mientras su alma se desvela.
Es una sombra que vuela
por las calles del olvido,
con un saco por vestido
y un corazón de hojalata,
que en cada rima desata
el juicio que ha perdido.
II. El romance del asfalto
No quiere el cuero en el pie
porque la tierra es su amante,
prefiere el suelo quemante
que le firme lo que ve.
«Lindo» se llama, y se cree
el galán de la alborada,
regalando una mirada
de amor, de pena y de celo,
mientras le pide al cielo
que no le falte la nada.
III. El adiós del rapsoda
Hato Mayor lo despide
entre un verso y una pena,
ya no arrastra la cadena
del dolor que le coincide.
Hoy al destino le pide
que lo deje declamar,
pues si ha dejado de andar
por el pueblo y su alegría,
se queda su poesía
para enseñarnos a amar.
Fueron «Las décimas que el viento le sopló al oído antes de partir».
Hasta luego hombre harapiento, pero noble en versos y décimas.








Mi padre siempre me decía que, en realidad, Primo Lindo era su primo de sangre, y yo notaba que, si alguien abusaba del «Primo Lindo», mi padre se enfrentaba a esa persona para defenderlo. También recuerdo que me hacía decirle: «bendición, tío». 🙏🙏