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¿Los haitianos nos invaden o pagan para entrar?

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​Por Manuel Antonio Vega

​A 204 años de la ocupación haitiana de 1822, la República Dominicana se encuentra sumergida en una involución histórica silenciosa. La presencia haitiana en nuestros barrios, campos y centros urbanos del Distrito Nacional ha experimentado una metamorfosis radical en los últimos años. Sin embargo, a diferencia del pasado, esta vez no ha hecho falta el detonar de una carabina, un fusil o una pistola para que el territorio nacional sea copado.

Hoy, la soberanía no se defiende en el campo de batalla; se subasta en los puestos de control fronterizo.

Sin discusión, la soberanía dominicana está en la era de la impunidad fronteriza.

​El eco del pasado: Las invasiones que forjaron la identidad

​Para comprender el peso de la realidad actual, es imperativo repasar las cicatrices de la historia. Las incursiones haitianas del siglo XIX transformaron de manera irreversible la vida política, social y cultural de la parte oriental de la isla:
​1801 – Toussaint Louverture: Amparado en el Tratado de Basilea, unificó la isla bajo el control francés, abolió la esclavitud y avanzó hasta Santo Domingo, en un dominio efímero pero contundente.

​En el 1805 – Jean-Jacques Dessalines: En represalia por la resistencia francesa, desató una sangrienta campaña militar.

En su retirada, las tropas haitianas arrasaron cruelmente con poblaciones enteras en Santiago, Moca, Azua y San Juan de la Maguana.

​En 1822-1844 – Jean-Pierre Boyer: Aprovechando la fragilidad de la «Independencia Efímera» de José Núñez de Cáceres, Boyer ocupó el territorio sin derramamiento de sangre. Fueron 22 años de yugo que impusieron reformas agrarias hostiles, el desmantelamiento de las costumbres criollas y el sometimiento de la Iglesia.

​Aquel asfixiante rechazo cultural, lingüístico y político cimentó las bases de la gesta libertadora de Juan Pablo Duarte y La Trinitaria, culminando el 27 de febrero de 1844.

Las posteriores campañas militares entre 1844 y 1856 (con las batallas del 19 de marzo, 30 de marzo y Las Carreras) sellaron con sangre la soberanía que hoy parece diluirse no por la fuerza de las armas, sino por el peso de las monedas.

​La «Invasión Pacífica» y la mafia del peaje migratorio

​Hoy la estrategia ha cambiado. La migración masiva cruza ríos, valles y montañas, pero su principal viaducto es la complicidad de malos dominicanos vestidos de uniforme.

Es una gran simulación: bajo el manto de supuestas redadas y deportaciones selectivas, se esconde un engranaje mafioso diseñado para drenar los bolsillos de los inmigrantes indocumentados.

​Fuentes comunitarias y eclesiásticas denuncian un secreto a voces: familias haitianas han tenido que pagar cuotas que oscilan entre los RD$40,000 y RD$80,000 para que sus parientes sean liberados en puntos estratégicos tras ser apresados. Quienes no pagan, son deportados; quienes pagan, regresan en un círculo vicioso de extorsión y enriquecimiento ilícito.

​»Esto no es un secreto de Estado; lo saben hasta los chinos en Bonao. Es un cáncer con metástasis que recorre las arterias viales de la nación.»

​Esta estructura delictiva cuenta con vigías, transportistas y «buscones» debidamente coordinados.

Los inmigrantes llegan en camiones y son recibidos en viviendas previamente alquiladas en barrios populosos, operadas por los mismos eslabones de esta cadena de corrupción.

Los beneficios de este dinero colectado engordan las arcas de una red que traiciona a la patria por migajas de pesos.

​El impacto socioeconómico y el repliegue del Estado

​Mientras las cúpulas militares y civiles se reparten «el pastel económico», la carga de esta migración descontrolada recae directamente sobre el pueblo dominicano y el presupuesto nacional:
​Colapso del sistema sanitario: Los hospitales estatales destinan un porcentaje alarmante de su presupuesto a la atención médica y, de manera muy marcada, a los partos de ciudadanas extranjeras indocumentadas, desplazando en ocasiones la capacidad de atención para los ciudadanos locales.

​Inseguridad y delincuencia: En las provincias fronterizas, la situación ha alcanzado niveles críticos. El robo de ganado (abigeato) a manos de bandas organizadas ha quebrado a los productores pecuarios. Los cuatreros descuartizan las reses en las mismas fincas, dejando solo los esqueletos y destruyendo el sustento de familias dominicanas.

​Erosión cultural: De continuar esta tendencia, la identidad nacional corre el riesgo de desdibujarse.

No se trata de xenofobia, sino de la preservación de nuestro idioma, religión, moral social y costumbres frente a una asimilación desordenada.

​Un llamado al Presidente: Hay «gatos entre macutos»
​La pregunta que resuena en cada rincón del país es: ¿Quiénes reciben los beneficios de este dinero ensangrentado?

Es inaceptable que el presidente de la República, Luis Abinader, aparente no estar enterado de la magnitud de este negocio, cuando es bien sabido que un Jefe de Estado maneja informes de inteligencia pormenorizados. Las iglesias y los sectores vivos de la sociedad civil han catalogado esto como un sacrilegio contra la patria.

Al mandatario «lo tienen de relajo» o se ha dejado doblegar por las presiones de potencias extranjeras u organismos internacionales que exigen una «humanidad» que el propio Haití no le garantiza a sus ciudadanos.

​El presidente no puede seguir fiándose de los informes de escritorio. Hay demasiados «gatos entre macutos» en esta deshonesta acción que empaña la imagen de la nación.

​La República Dominicana tiene que levantarse y exigir el cese de la impunidad fronteriza. No podemos permitir que la soberanía por la que Duarte, Sánchez y Mella lo dieron todo, se convierta en la mercancía más barata del mercado negro.

Es hora de que el Estado asuma su rol, depure sus filas militares y migratorias, y demuestre con hechos —y no con discursos— que la patria sigue siendo libre, soberana e independiente.

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