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Arturo Vásquez: El aroma de la tradición tabacalera en Mata Palacio

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Por Manuel Antonio Vega

​Cuando la historia de Mata Palacio se escriba con la tinta de la justicia, el nombre de Arturo Vásquez Pilar tendrá que figurar en la primera plana. Hablar de esta demarcación sin evocar su figura es dejar el relato a medias; él fue, sin lugar a dudas, el productor de tabaco de mayor ascendencia, respeto y peso específico que ha parido esta tierra de caña y tabaco.

​Un cultivo con raíces de pólvora y libertad

​El tabaco no es un recién llegado a la economía de este distrito municipal; sus raíces se hunden en el suelo local desde hace más de dos siglos. Aunque la fragilidad del papel no haya registrado el dato ancestral, la memoria viva de los agricultores más antiguos sostiene que la hoja aromática ya se cultivaba allí durante los tiempos de la Guerra de la Restauración (1863-1865), cuando la zona fue escenario de rudos combates contra las tropas españolas.

​Décadas más tarde, entre 1916 y 1924, los campos de tabaco volvieron a ser testigos de la historia, sirviendo de refugio y sustento a los «Gavilleros del Este», aquellos guerrilleros campesinos que plantaron cara con fiereza a la primera intervención norteamericana.

En Mata Palacio, el tabaco siempre ha sabido a soberanía.

​El imperio del andullo y la alianza con el Cibao

​Fue en ese escenario de tradición centenaria donde Arturo Vásquez Pilar alzó su legado. No se limitó a cosechar la tierra; expandió sus dominios hasta operar una próspera fábrica de túbano y picadura. Su visión comercial transformó la dinámica de la región: la gran mayoría de los productores locales le vendían sus andullos y hojas, consolidándolo como el gran dinamizador del mercado agrícola local.

​Su olfato para los negocios lo llevó a cruzar fronteras regionales.

Para potenciar la empresa, Vásquez selló una sociedad estratégica con su gran amigo Armando Guzmán, un hombre oriundo de Santiago. Atraído por la fama mítica que tenía Mata Palacio como productora de la aromática hoja, Guzmán aportó el conocimiento cibaeño para fusionarlo con la fertilidad de las tierras del Este.

El colono absoluto: Más allá del tabaco, la
​ambición de Don Arturo no se detenía en las hojas de tabaco. Su figura se agigantaba al verle en su faceta de colono azucarero, un rol que desempeñó con una autosuficiencia pasmosa para la época.

Era un colono completo: poseía el engranaje mecánico absoluto para domar la tierra y mover la zafra. El rugido de su tractor, el paso firme de la rastra, el corte del arado y el desfile de sus carretas cargadas de caña eran parte del paisaje cotidiano y del motor económico de la comunidad.

​Además, diversificó sus parcelas con una producción agrícola generosa que incluía plátanos, yucas, guineos y maíz, la cual complementaba con una sólida crianza de ganado.

​Una Casa sin Puertas: El legado de Arturo y «Doña Lela»

​Sin embargo, la verdadera grandeza de este hombrón de campo no se medía en tareas de tierra ni en cabezas de ganado, sino en la anchura de su corazón.

En la casa de Arturo Vásquez Pilar no existía el hambre. Se recuerda con nostalgia que allí se ofrecía desayuno, comida y cena para todo el vecindario y para el viajero fortuito.

Quien pisaba ese porche quedaba inmediatamente prendado por el trato afable y la contagiosa alegría con la que se recibía a las personas.

​A su lado, como columna invisible pero firme, estuvo su esposa, la señora María Elena Reyes, a quien todos llamaban con reverencia y cariño «Doña Lela».

Si Don Arturo era el motor, Doña Lela era el alma de la casa. Era un ser humano de una nobleza tan descomunal que muchos de los que iban simplemente de visita por un par de horas, terminaban adoptando el hogar y quedándose a vivir allí, hechizados por el trato maternal y cariñoso de la matrona.

​»Fueron cientos los hogares de Mata Palacio que por décadas llevaron el pan a la mesa gracias a la empleomanía y la generosidad de este matrimonio inolvidable.»

​El fin de una Era

​El hilo de la vida de Don Arturo se cortó en el año 2004, a la edad de 84 años, debido a complicaciones de salud que apagaron su cuerpo, pero no su nombre.

Como si no pudiera soportar la ausencia de su compañero de vida, Doña Lela partió a su encuentro apenas unos meses después.

​Hoy, cuando el viento sopla sobre los campos de Mata Palacio y se siente el olor a tierra mojada y a hoja de tabaco seca, los más viejos miran al horizonte y recuerdan que la prosperidad de esta tierra tiene nombre y apellido: Don Arturo Vásquez Pilar.

Esta crónica fue posible gracias a la colaboración del comunicador Manuel Reyes, «El Vocero de Mata Palacio»

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