Por Manuel Antonio Vega
El sol apenas rasgaba el horizonte de Las Tunas cuando la tierra comenzaba a quejarse. No era un sismo, era el ritmo natural del día: Pedro Trinidad, el coloso que todos conocían como Chocló, había iniciado su jornada.
Sus pies, dos moles de carne y callos que jamás conocieron el encierro del cuero, golpeaban el polvo del camino con una autoridad que hacía crujir la hojarasca.
No había horma en ninguna zapatería de Hato Mayor capaz de contener aquel andar.
Chocló caminaba con una torpeza majestuosa, una danza pesada que anunciaba su llegada mucho antes de que su figura de siete pies y seis pulgadas recortara el cielo.
El aroma de la necesidad y el campo
Sobre sus hombros cargaba el sustento de su mundo: el olor penetrante y rancio de las fibras de las escobas recién amarradas, mezclado con la fragancia ácida y fresca de los limones verdes.
Pero había un tercer aroma, uno más humano y salvaje, que lo envolvía como una armadura invisible: un olor a sudor antiguo y tierra seca, el sello de un hombre que le huía al agua pero abrazaba el camino.
Al cruzar el río Cibao, el agua apenas acariciaba sus tobillos de titán.
Pasaba por Santana y Las Palmillas, dejando tras de sí un rastro de polvo en suspenso.
No necesitaba bestias de carga; él mismo era la fuerza de la naturaleza.
Nadie se parecía a él.
La Ley del «Cógela o Déjala»
Al entrar a Hato Mayor del Rey, el pregón estallaba como un trueno en las calles estrechas:
—¡A peseta la escoba, a peseta los limones! ¡Cógela o déjala!
No era una oferta, era un decreto.
Quien osara regatear se encontraba con la mirada de un hombre que no entendía de matices.
El insulto brotaba de su boca con la misma naturalidad con la que el viento sopla en la llanura.
Si la burla arreciaba, Chocló buscaba en el suelo sus «callaos», dos piedras que en sus manos de gigante parecían proyectiles de artillería lista para defender su dignidad.
El refugio del guerrero, a pesar de su furia repentina, su descanso era sagrado.
En la esquina de la Duarte con Manuel de Jesús Silverio, el Colmado de los Hermanos López se convertía en su templo.
Allí, el gigante se suavizaba frente a un sándwich y varias masitas con mabí de bejuco bien frío.
Entre tragos de la bebida fermentada, Chocló no era el loco, era la leyenda viva, el pulso de un pueblo que lo miraba con una mezcla de temor y reverencia.
Pero su fuerza no nacía de sus músculos, sino de un amor profundo y silencioso.
Cada centavo, cada peseta recolectada bajo el sol inclemente, tenía un destino: Hilaria, su madre.
Por ella caminaba leguas, por ella soportaba la mofa y el cansancio.
Cuando la muerte se llevó a Hilaria, la tierra de Hato Mayor dejó de gritar por nueve días.
El gigante se guardó en el silencio de su luto, respetando el novenario como quien respeta una ley sagrada.
No hubo escobas ni limones en las calles; solo el vacío de una estatura que nadie más podía llenar.
Chocló no fue solo un personaje; fue el espíritu mismo de una época donde los hombres se median por la distancia de sus pasos y la lealtad de sus afectos.
Nadie reclamó el cadáver
Pedro Trinidad -Chocló-, murió en el hospital Carl Theodore Geog en 1999 de San Pedro de Macorís a donde fue referido desde el hospital Leopoldo Martínez de Hato Mayor.
Agustín Vega, mi hermano también periodista explica «Recuerdo que Rafael Molina ( Trespatines) laboraba como mecánico en ese centro, me llamó para que avisara a sus familiares de su deceso, yo era director de Prensa de Radio Dial 670 AM, pero nadie reclamó su cadáver y fue sepultado en una fosa común en la Necrópolis San Pedro del ingenio Santa Fe. El doctor Marcos Santana era el director del hospital Carl Theodore Georg».
En honor a Chocló, Julito Sánchez (La Variante), los tígueres del baloncesto de Hato Mayor lo bautizaron con ese apodo. Hoy ambos son dos leyendas de nuestro pueblo







